Una parte esencial de tratar a pacientes de cáncer consiste en escuchar, acompañar o, incluso, sostenerles la mano. José Luis Sánchez Sánchez (Albacete, 1983) encarna esta filosofía. Primer médico especializado en Oncología de la historia del Hospital General de Albacete —al pertenecer a su primera promoción de residentes—, cuenta con 14 años de experiencia como adjunto tras realizar su formación entre 2008 y 2012. Con motivo del Día Mundial contra el Cáncer, el actual responsable al frente de la Unidad de Oncología del Hospital de Almansa defiende que la cercanía y el trato familiar son armas tan poderosas como la tecnología más puntera.
José Luis pertenece a una generación de médicos que entienden la oncología también como acompañamiento. Fundador hace tres años de SAMPO (Sociedad de Albacete de Medicina Preventiva y Oncología), asociación de la cual es presidente, su labor trasciende la consulta para enfocarse en la divulgación Entre avances terapéuticos, prevención, ejercicio y una atención personalizada, su mensaje ante esta efeméride global es tan claro como esperanzador: hoy se cura más y, sobre todo, nadie debería recorrer este camino solo.
Usted fue el primer oncólogo formado en el Hospital General de Albacete, la primera promoción. ¿Qué supone ser el pionero en su provincia y cómo ve la situación actual de recursos humanos en la oncología albaceteña?
Sí, el primer oncólogo formado en Albacete, para bien o para mal, soy yo. Es una profesión muy complicada. Actualmente somos pocos oncólogos en la provincia. En el hospital de Albacete capital son nueve; luego estoy yo en Almansa, en Villarrobledo hay dos y en Hellín hay uno. Por densidad de población, creo que son pocos y debería haber más especialistas.
¿Por qué dices «para bien o para mal»?
No sé… es una profesión muy complicada. Y bueno, imagino que somos pocos oncólogos en Albacete, en la provincia.
Al ser el responsable de un servicio comarcal donde usted es el único facultativo, ¿Qué virtudes encuentra en trabajar en un entorno más pequeño? ¿Cómo influye esa cercanía en la humanización del trato al paciente?
El hospital de Almansa es un centro comarcal pequeño, pero funciona bien y tiene un ambiente excelente. Lo mejor es la cercanía y la familiaridad. Al ser un hospital pequeño nos conocemos todos; si necesitas un favor del radiólogo o del internista, sabes que lo tienes ahí. Es algo mucho más personal y eso es algo que me gusta.
A nivel del paciente ocurre lo mismo. Al llevarlos yo a todos, se crea una confianza muy importante. He llevado a familias enteras: al marido, a la mujer… En estas enfermedades lo primordial es que el paciente se sienta cómodo, seguro y que pierda ese miedo que traen siempre a la consulta. Me da mucha satisfacción cuando el paciente se va con una sonrisa.
Lleva nueve años en el Hospital de Almansa. ¿Cómo llegas hasta aquí?
Acabé la residencia en Albacete en el año 2012. Eran los años de la crisis en los que se contrataba a muy poca gente. Me fui a trabajar al hospital de San Juan, en Alicante, y allí estuve unos cinco años y medio. La idea de volver surgió porque tanto mi mujer como yo somos muy de Albacete; ella se quedó embarazada y surgió la posibilidad de venir a Almansa. En marzo hará nueve años que estoy aquí.
Existe la creencia de que en los hospitales comarcales es más difícil desarrollar proyectos de investigación o ambicionar metas profesionales. ¿Ha sentido esa limitación?
Al final, si quieres, puedes. Es verdad que en un comarcal hay menos posibilidades, pero cuando uno quiere, puede. Por ejemplo, hace tres años fundé la asociación Sampo en Albacete. Surgió porque desde que llegué a Almansa leía mucho sobre los beneficios del ejercicio en el paciente oncológico. Empezamos poco a poco en Almansa con un fisioterapeuta dos veces a la semana y luego nos planteamos hacer algo más en Albacete, porque allí las asociaciones que había no ofrecían ejercicio. Empezamos con cinco pacientes y ya han pasado más de 350.
¿Cuál es el objetivo diferencial de Sampo respecto a otras asociaciones?
Lo que queríamos era que la asociación la llevaran los ciudadanos de Albacete; que cada uno aportara su granito de arena para ayudar al paciente en lo que supiera. De ahí han surgido nutrición, psicólogos, marcha nórdica, cuentoterapia, fútbol, meditación… todo hecho por ciudadanos que quieren ayudar. También colaboro con mi hermano y mi cuñada, que son investigadores sobre células madre en cáncer —él en Albacete y ella en Madrid— y les echo una mano desde la parte clínica. Se pueden hacer cosas aunque sea en un sitio pequeño si uno quiere. Si tienes ideas en un sitio pequeño, te van a dejar hacerlas porque lo que se busca es que la gente se mueva.
Usted defiende que el estilo de vida es clave no solo para prevenir, sino para tratar la enfermedad. ¿Qué peso tiene el ejercicio?
Es prevención primaria. Hacer ejercicio y llevar una dieta mediterránea disminuye el riesgo de tener cualquier tipo de cáncer; eso es primordial. Pero en el paciente que ya tiene un cáncer, hacer ejercicio de fuerza —no andar, sino ganar músculo— es tan importante como la quimioterapia. Mejora la tolerancia al tratamiento, el dolor y disminuye el riesgo de que el cáncer vuelva. Se lo digo a los pacientes: el ejercicio y la nutrición son tan importantes como la quimio.
¿Cómo están trasladando esta visión de la asociación a las zonas rurales de la provincia?
Estamos concienciando para que en cualquier pueblo donde haya un paciente oncológico se le ofrezca hacer ejercicio. Hemos empezado en Higueruela, en Montealegre y ahora vamos a empezar en Bonete. La suerte es que, gracias a los fondos europeos, los pueblos tienen unos gimnasios superbién montados. Tenemos los recursos, así que vamos a usarlos. Queremos que en cualquier pueblo, por pequeño que sea, el paciente sepa que el ejercicio es importantísimo.
En Almansa, ¿Cómo se gestiona esta parte del tratamiento físico? ¿Se ofrece directamente desde el hospital?
En Almansa hacemos ejercicio gracias a un convenio con la Asociación Española Contra el Cáncer. A través de ellos, un fisioterapeuta viene dos veces por semana para trabajar con los pacientes oncológicos. Además, en el hospital contamos con nutricionistas y endocrinos; cuando los pacientes están con la quimioterapia y presentan requerimientos específicos, los derivo directamente.
Es un mensaje que debe calar en todo el mundo: tanto para la población general como prevención primaria, como para quien ya tiene la enfermedad, el ejercicio y la nutrición son pilares fundamentales. Ya hay estudios que indican que el ejercicio puede reducir el crecimiento del cáncer en algunos casos y que hace que la quimioterapia sea más efectiva. En pacientes operados y en seguimiento, el ejercicio disminuye significativamente el riesgo de recaída.
Pero Sampo no solo ofrece ejercicio de fuerza. Tienen un abanico de actividades muy amplio para cuidar también la mente, ¿verdad?
Exacto. Gracias al voluntariado y a la gente que nos llama, hemos podido crecer. Tenemos nutrición, un endocrino y tres psicólogos a disposición de los pacientes. Realizamos marcha nórdica por el campo, que permite hacer dos horas de ejercicio mientras socializan con personas que pasan por lo mismo. También hacemos meditación para cuidar la mente, y cuentoterapia, que ayuda a gestionar las emociones a través de las moralejas de los cuentos.
Incluso tenemos «fútbol andando», una modalidad sin correr ni contacto físico para que el paciente se mueva y tenga una motivación para salir de casa. A nivel mental, los beneficios son muchísimos. Además, la gente termina haciéndose amiga; se ven dos veces por semana y acaban quedando para cenar o tomar café. Se crean vínculos muy cercanos.
Como responsable de la Unidad de Oncología en Almansa, ¿Cómo ha visto evolucionar el pronóstico de sus pacientes?
Ha cambiado muchísimo. Hay tumores que hoy tratamos de forma radicalmente distinta a como lo hacíamos en 2010. Han aparecido tratamientos nuevos que han mejorado la supervivencia de forma espectacular. El ejemplo más claro es la inmunoterapia en cáncer de melanoma o de pulmón; pacientes que antes fallecían en siete u ocho meses, ahora alcanzan supervivencias de tres, cuatro años o incluso más. Son tratamientos que se toleran muy bien y que han supuesto un cambio radical.
Además de la inmunoterapia, se habla mucho de las terapias dirigidas. ¿En qué consisten exactamente?
En tumores de pulmón, mama o melanoma, analizamos si las células tumorales tienen una mutación o un cambio genético específico. Si es así, aplicamos tratamientos dirigidos que van directamente contra ese cambio. A diferencia de la quimioterapia, que recorre todo el cuerpo atacando tanto lo bueno como lo malo, con estas terapias no «matamos moscas a cañonazos», sino que vamos específicamente a la célula tumoral. Esto ha mejorado el pronóstico y la supervivencia con una toxicidad muy inferior.
Para que la ciudadanía lo entienda, ¿la inmunoterapia consiste en «potenciar» nuestras propias defensas?
Exactamente. La inmunoterapia activa nuestro sistema inmunitario —el mismo que usamos para combatir un resfriado o una infección— para que sea él quien ataque a la célula tumoral. Esto está cambiando el futuro del cáncer, pero siempre debemos recordar que lo más importante sigue siendo la prevención y el diagnóstico precoz. Si pillamos el tumor pronto y se puede operar, las posibilidades de curación se disparan. Por eso es vital no fumar, llevar una vida sana y, sobre todo, acudir a los cribados: mamografías, colonoscopias y pruebas de sangre oculta en heces.
Se habla mucho últimamente de la necesidad de adelantar la edad de los cribados en patologías como el cáncer de colon o de mama. Como especialista, ¿percibe usted ese cambio de tendencia en la edad de los pacientes?
Sí, cada vez hay más datos que apoyan bajar esa edad porque en los últimos años estamos viendo cánceres en gente más joven. No hay una causa específica, creo que es un conjunto de todo: el estilo de vida, el estrés, la contaminación. En el cáncer de mama, por ejemplo, influye que ahora se tienen los hijos más tarde, se tiene solo uno o hay menos lactancia.
Es fundamental que todo el mundo se haga los chequeos cuando toca. Si pillas un cáncer de mama o de colon pronto, las posibilidades de curarte son mucho mayores. La mamografía está muy instaurada, pero con el cribado de colon, que es algo tan sencillo como una prueba de sangre oculta en heces, la gente todavía no acaba de ir a pesar de las campañas. Hay que insistir: el diagnóstico precoz es lo más importante que tenemos ahora mismo en oncología.
Ha querido rescatar una frase del pediatra Antonio Cepillo. Él no fue solo un referente en Albacete, sino que fue su amigo personal. ¿Cómo nació esa relación?
Antonio era muy amigo mío. Estudiamos juntos en el instituto y empezamos la carrera a la vez. Aunque luego yo me fui a Alicante y él siguió en Albacete, siempre estuvimos muy unidos. Él fue de los primeros en hablar de la humanización de la sanidad de una forma real.
A veces se nos llena la boca con la palabra «humanizar» como un eslogan, pero la humanización de verdad consiste en mirar al paciente a los ojos, cogerle la mano y ponerlo en el centro de todo, atendiendo a sus necesidades reales. Sampo nació precisamente para seguir su legado y humanizar el proceso oncológico, ayudando a que el paciente esté bien, contento e intente hacer una vida lo más normal posible.
¿Fue ese deseo de honrar su memoria lo que le unió a Antonio Peiró para fundar la asociación?
Fue una coincidencia. Yo llevaba tiempo leyendo sobre el ejercicio y un día fui a la clínica de mi amigo Antonio Peiró, que es fisioterapeuta, para tratarme una contractura. Al poco de fallecer «Cepi», los dos estábamos pensando lo mismo: teníamos que hacer algo por él y por los pacientes. En ese momento nos unimos para lanzar el proyecto del ejercicio físico, que era algo que no se estaba haciendo y sabíamos que era vital.
¿Qué le diría a un futuro médico que esté dudando si elegir la especialidad de oncología?
Le diría que es una especialidad muy agradecida. El paciente oncológico es muy generoso; con muy poco que le des, te lo agradece muchísimo. No todo es de color de rosa, pero por suerte cada vez curamos a más gente y la supervivencia aumenta.
Ver a un paciente irse de la consulta con una sonrisa, sabiendo que no ve la visita al oncólogo como algo aterrador, no tiene precio. Como decía «Cepi»: «A veces tenemos muchos TAC, resonancias y tratamientos de última generación, pero una caricia o una sonrisa valen tanto como todo eso». Es así de sencillo: si podemos ayudar a que el camino del paciente sea más confortable y con mayor calidad de vida, bienvenido sea.







