«La Unión Europea quiere que España se convierta en el agujero de basura de todo el continente»

ANTONIO TURIEL. El irreductible científico que predijo la DANA o el gran apagón visitará Almansa
ANTONIO TURIEL. El irreductible científico que predijo la DANA o el gran apagón visitará Almansa

Nos avisaron. Científicos como Antonio Turiel (León, 1970) llevaban años alertando sobre el posible «colapso» de la red eléctrica mientras el establishment tachaba esas advertencias de catastrofismo. El apagón masivo de 2025 terminó dándoles la razón. El motivo de fondo, arguye Turiel al otro lado del teléfono, se encuentra en la naturaleza codiciosa de los grandes oligopolios energéticos, que han sembrado el país de plantas eólicas y fotovoltaicas sin gastar en mecanismos de estabilización, «anteponiendo el beneficio económico a la seguridad». El experto sostiene que este modelo de transición energética viene por imposición de Europa, que, además, ha decidido convertir España –y comarcas como Almansa– en una fábrica de biometano o, lo que es lo mismo, en un «agujero» donde descargar sus residuos y volcar sus frustraciones energéticas.

Pregunta. ¿Tiene sentido que los ayuntamientos compitan por batir el récord de luces navideñas en la España del apagón?
Respuesta. Sus defensores te dirán que las lucecitas son baratas, y tienen razón, pero no dejan de ser el símbolo perfecto de nuestro problema: preferimos la apariencia y el consumismo a mirar de cara a los límites con los que hemos chocado. El más evidente es que tenemos una red eléctrica frágil. Hemos dejado a las empresas instalar muchas renovables de forma imprudente. Competir por quién monta el espectáculo de luces más grande es vivir completamente ajeno a la realidad. A su vez, España tiene una de las mayores tasas europeas de pobreza energética, así que también resulta moralmente obsceno. Dice el dicho que «la mujer del César además de ser honrada, debe parecerlo», y los ayuntamientos, aunque se lo puedan permitir, si tienen decencia no deberían.

P. Dice que el apagón fue «previsible».
R. Me gusta poner este ejemplo: nuestro sistema es como un vaso de cristal; si recibe un golpe sabes que se puede romper. Aunque desconozcas exactamente en qué punto le han dado, sabes por qué ha estallado: porque es frágil. Eso de que «no sabemos cuál fue la causa del apagón» es mentira. Si el vaso fuera de metal y recibiera el mismo golpe, no le habría pasado nada. En el apagón, sucede una cosa. Las renovables pueden entrar y salir muy rápido de la red, en cuestión de minutos, pero las centrales convencionales no: tienen turbinas de varias toneladas que no puedes arrancar en frío, así que no las activan porque sale caro. Pero, cuando las renovables entran y salen todo el rato, generan picos de potencia reactiva, que es la energía que la propia red absorbe y devuelve como campos electromagnéticos. Parece ciencia ficción, pero es pura física. Si no tienes algo que gestione esos picos, te sube el voltaje, saltan los plomos… todo se va a tomar por saco. Eso es lo que estamos viendo: un sistema montado de forma desordenada, con renovables mal conectada y poca estabilización. Se ha optado por un modelo cutre, low cost, favorecido por las directivas europeas, que decidieron rebajar los estándares de estabilidad para las renovables.

P. ¿Podríamos volver a la oscuridad?
R. No creo. Desde entonces, Red Eléctrica ha puesto la red en «modo de operación reforzada», que en cristiano significa quemar más gas. Eso hace que tengamos siempre centrales disponibles, algunas incluso funcionando en vacío, quemando gas para estar calientes y listas para entrar. Lejos de ser una cuestión anecdótica, todo esto se paga: por eso la factura de la luz es ahora aproximadamente un 40% más cara que antes del apagón. Sinceramente, otro incidente a corto plazo no lo veo probable, pero los problemas de fondo no se han resuelto: seguimos rodeados de gente en puestos muy altos que son auténticos psicópatas, dispuestos a sacrificar la seguridad de la red por ganar más dinero. El apagón fue una combinación de fragilidad y codicia.

P. Vamos a Castilla-La Mancha, donde el plan de biometanización de Page se presenta como la solución perfecta para estabilizar la red.
R. Y encima te venden que es neutro en emisiones. Es la milonga oficial. Para empezar, no es «verde»: emite el CO₂ al quemarlo. Para seguir, toda esa materia orgánica que necesitas la produce un sistema agroindustrial que depende por completo de los combustibles fósiles. Así que de neutro, nada. Luego está el digestato: te venden que sirve como abono, pero tiene tal concentración de nitrógeno que quema la tierra, así que hay que diluirlo. Ahora imagina que se procesan millones de toneladas de materia orgánica al año, como plantea el plan de biometanización de Castilla-La Mancha. No hay suelo suficiente para absorber eso bien. Y otro detalle: allí no tenéis tanto residuo como prometen tratar, no alcanza ni de lejos. La materia vendrá de otras provincias, de otras comunidades y, al final, de otros países. El plan real es que a España le llegue la mierda de toda Europa, convertirnos en el «agujero» de basura del continente.

P. En Almansa se proyecta la ampliación de una macroplanta de biometano para tratar 321.000 toneladas al año, que supondría recibir más de 30 camiones diarios. ¿Qué le sugiere ese modelo?
R. Es un modelo que convierte territorios como Almansa en zonas de sacrificio que no tienen macrogranjas ni un volumen propio de residuos, pero sí suelo, buena posición logística, polígonos… ¿Qué se propone? Que la mierda venga de fuera y que el impacto –malos olores, decenas de camiones, riesgos sanitarios, posibles filtraciones a los acuíferos– se lo queden los territorios rurales con baja densidad de población en grandes zonas. Desde arriba se dirá: «Es un proyecto prioritario, viene de Bruselas, hay que cumplir con el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima, no lo podemos parar». Pero ni venir de Bruselas ni estar en un papel lo convierte en algo sensato; ni inevitable. Solo significa que hay presión, y mucha.

P. ¿Por qué se empuja tanto desde los gobiernos autonómicos, a pesar del rechazo social? ¿Negocio o ceguera?
R. A nivel autonómico muchas veces lo que se ve son los números: el dinero que llega, la inversión prometida, empleo a corto plazo. Y se confía «en los de arriba». Pero la clave está más arriba: en Europa y, particularmente, en Alemania, necesitan gas que no venga de Rusia. El motor industrial alemán lleva varios años con problemas serios y en Bruselas se ha decidido algo muy simple: «Hay que conseguir gas como sea, y si hay que sacrificar España, se sacrifica». ¿En qué se traduce eso? En planes como el de biometanización: llenar España de plantas con un impacto enorme en el territorio para mandar el gas, a buen precio, a los países que lo necesitan. Todo esto, además, no es rentable por sí mismo. Para que funcione hacen falta muchísimas subvenciones. A la práctica, es un trasvase de recursos: fondos públicos y territorio de aquí para alargar la vida de un modelo industrial inviable.

P. ¿Quién está empujando realmente este modelo? ¿Solo Bruselas?
R. Bruselas marca el marco, pero el motor de fondo es el gran poder económico, «de Florentino para arriba», por decirlo rápido. El capital que ha huido de la burbuja de las renovables eléctricas -otra burbuja que ha fracasado por no ser rentable ni sostenible- necesita una nueva historia donde invertir. El biogás, el biometano y la biomasa son esa historia. Y, claro, los gobiernos regionales y nacionales ven llegar dinero, la etiqueta «proyecto prioritario para Europa» y se suben al carro. Pero, cuando alguien te dice que va a hacer en España plantas
gigantescas como no existen en ninguna parte del mundo, a una escala desmesurada y sin fase piloto seria, la conclusión es bastante clara: huele a estafa.

P. ¿Cuál es la salida?
R. La única salida es la rebelión. Primero, entender el contexto: lo que pasa en Almansa no es una anécdota local, sino la consecuencia de un sistema económico moribundo que está intentando estirar su vida unos años más a base de exprimir territorios como este. Segundo, darse cuenta de que estos planes no son inevitables. Es verdad que vienen marcados desde arriba, pero la presión social ha parado proyectos antes. Y tercero, asumir que, si no hacemos nada, lo que tendremos es empobrecimiento: peores condiciones de vida, territorios contaminados, menos recursos y un sistema que acabará reventando igual. La rebelión de la que hablo es negarse a aceptar ese trato: no queremos ser el vertedero energético de Europa.

La Charla

Antonio Turiel visitará Almansa el próximo 14 de enero para ofrecer una charla organizada de manera autogestionada por el movimiento vecinal ecologista local desde las 19:30. El encuentro tendrá lugar en la Casa del Pueblo de Almansa, un espacio cedido sin coste y con capacidad para unas 120 personas. De los tres temas propuestos por el ponente, se eligió abordar la crisis de sostenibilidad ambiental y energética, por ser el más amplio y propicio para generar un debate enriquecedor. Para cubrir gastos de desplazamiento y manutención se recogerán aportaciones voluntarias, contando además con el apoyo solidario de colectivos y personas locales. El objetivo es impulsar actividades abiertas, participativas y pensadas por y para el pueblo.

La Revistica | Publicado en el Nº003, página 12 y 13
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