Inma Ricart no acudió a la clínica porque sospechara nada. No tenía síntomas, no se notaba bultos, no estaba en edad de realizarse el cribado por la sanidad pública. Tan solo acompañó a una amiga que estaba asustada y decidió hacerse ella también una ecografía «por apoyar». La amiga salió limpia. A Inma le detectaron cinco tumores. «Mi amiga me salvó la vida», dice. Tenía 42 años. Si hubiera esperado 24 meses para recibir la carta, está convencida de que el cáncer habría avanzado sin solución.
El diagnóstico llegó el 19 de marzo de 2025. La palabra «muerte» se instaló en su mente de forma instintiva. No por ella, sino por sus pequeñas, de 8 y 5 años. «En cuanto me dijeron cáncer, lo primero que pensé fue: mis hijas. No consideré cómo sería el tratamiento ni el proceso. Pensé que me iba a morir, y no hay consuelo para eso», relata. Esta crudeza refleja el estigma que aún rodea a la enfermedad, como «sinónimo» de un final inevitable. «Todo el mundo te mira con pena. Te hablan de un tío suyo que se murió. Y tú lo único que necesitas es pensar en vida». El proceso fue, en sus propias palabras, un descenso a la oscuridad. La biopsia fue especialmente dura: 21 punciones para analizar los tumores.
Después, vino la espera para la cirugía. Dos meses interminables en los que «te comes la cabeza todos los días». La operación fue en el hospital de Almansa y «mi cirujano fue maravilloso. Le estoy muy agradecida». Tras una intervención quirúrgica –en la que se hallaron dos masas adicionales en los ganglios–, regresó a casa, con sus niñas.
Inma es psicóloga, y aun así reconoce que hay cicatrices para las que nadie está preparado. El cáncer impone peajes físicos que laceran la autoestima. «El cambio corporal es muy duro», destaca. Volver a casa sin un pecho, reconocerse en el espejo… Es un proceso que lleva tiempo. Después empezó la quimioterapia: cuatro sesiones rojas y doce blancas. «Me sentó fatal»: náuseas constantes, dolor de cabeza, cansancio extremo.
Por suerte, su red de apoyo, compuesta por padres, tíos y amistades incondicionales, transformó la tragedia en un ritual de resistencia. Nacieron «los martes de quimio». Globos rojos para las sesiones más agresivas, blancos para las siguientes. Reunidos los que pudieran, hacían una cuenta atrás, los soltaban, veían cómo se perdían en el cielo y se iban a cenar. «Fue como celebrar una fiesta grande», sonríe, emocionada. «Tengo mucha suerte con mi alrededor». Cuando no podía hablar, lo entendían. Cuando la operaron, organizaron turnos para acompañarla. «Nunca me han dejado sola. No me han dejado caer».
En medio del tratamiento, Inma no solo mantuvo su rutina de gimnasio para mitigar los efectos de la toxicidad: culminó un Máster en Psicología Sanitaria, en el cual se había matriculado dos días antes de recibir el diagnóstico.
Su filosofía es clara: «Para dejar de preocuparte, debes ocuparte». Hoy, como psicóloga en prácticas en el mismo hospital donde fue tratada, utiliza su experiencia para acompañar a otras mujeres. Comparte trucos, como usar pintauñas de silicio para salvar las uñas, ponerse guantes de hielo para evitar el hormigueo y gorros fríos para conservar el pelo. «Hay efectos secundarios que se pueden minimizar si sabes cómo», insiste.
Inma recuerda con especial dureza la caída del cabello, un momento que define como «horrible». Pero, incluso en ese trance, encontró la forma de proteger a sus hijas, explicándoles que la pérdida de su melena era señal de que la medicina estaba funcionando.
Su mensaje para la sociedad es de una urgencia clara; solemne. Reclama el adelanto de las pruebas de detección precoz y pide normalizar la enfermedad en todos los ámbitos, desde la prensa hasta el cine. Porque «el cáncer es horrible», pero no el fin del camino: «La vida te cambia drásticamente y te golpea en la cara, pero no se para. Somos seres humanos y seguimos siendo seres humanos con una maldita enferme dad. Nada más». Por eso, Inma decidió que su identidad no sería devorada y, con una entereza que estremece, afirma: «Yo no soy solo un cáncer, yo soy muchísimas más cosas».
Hoy, Inma continúa su labor, demostrando que detrás de cada marca en el pecho y de cada sesión de radio hay una mujer que sigue haciendo planes, que estudia, que ríe con sus amigas y que se come una tarta de cumpleaños con sus hijas. A raíz de su experiencia, ha empezado a colaborar con la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC). Aún no ha iniciado formalmente el voluntariado, pero ya ha dado su teléfono para acompañar a mujeres con un diagnóstico similar al suyo. «Si puedo ayudar a alguien que esté pasando lo mismo, ahí estaré»
Rosario Gosálvez camina por las calles de Almansa con una vitalidad arrolladora que desafía cualquier estadística. Para muchos, fue durante décadas la cara amable tras el mostrador de la tienda de moda infantil ‘Los Peques’; para otras tantas, es el alma incansable de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC) en la localidad. Su historia en la entidad comienza a contarse hace casi 28 años, cuando recibió un diagnóstico de cáncer de mama que cambió su destino, pero no su carácter. Eso jamás.
«Dije ‘‘esto no me va a hundir; hay que echarle narices’’». Y así fue. Rosario no solo no se hundió: se convirtió en un timón para otros pacientes oncológicos, a quienes lleva más de un cuarto de siglo ofreciendo ayuda y acompañamiento. El tiempo la ha convertido en una mujer «ancla», con peso y veteranía. «Somos luchadoras, unas guerreras, siempre lo digo», asevera. Rosario es la primera en insistir en que no camina sola. Detrás de cada proyecto, hay un equipo humano que sostiene la estructura de la AECC en Almansa. Con la franqueza que la caracteriza, subraya la importancia de reconocer el esfuerzo de sus colegas de la junta y del voluntariado: «La asociación ha trabajado mucho y conlleva sacrificio y esfuerzo. Hay gente que se lo ha currado mucho para que la ayuda llegue a quien más la necesita».
Firme defensora de las campañas de detección precoz, tiene claro que herramientas como la unidad móvil de mamografía son salvavidas. «Gracias al camión, al mamógrafo, muchas mujeres estamos en este mundo», afirma, lamentando que todavía haya personas que evitan acudir a los cribados por miedo o incertidumbre. «Parece que la palabra cáncer es tabú, pero existe, y las estadísticas muestran que cada vez vamos a más». Por eso, anima, hay que acudir a las pruebas.
Su discurso es una llamada a la acción constante. Porque, para Rosario, la clave reside en una frase que repite como un mantra: «Prevenir es vivir». Una filosofía que lleva a pie de calle, participando activamente en las mesas informativas de la calle San Francisco, donde ha repartido lazos, cremas sola res, información sobre los riesgos del tabaco y, sobre todo, esperanza. Además, participa en la logística de la Ruta Pantanera desde la primera edición de esta marcha solidaria, que el 1 de marzo de 2026 cumplirá 10 años.
Consolidada como un fenómeno social, la ruta transforma el entorno del pantano en un río de camisetas rosas. Rosario recuerda con nitidez el vértigo de los inicios. «En aquel 2014, las expectativas eran modestas. Fíjate, nosotras dijimos ‘‘con 500 camisetas tenemos bastante’’… ¡nos faltaron muchísimas!».
Desde entonces, la Pantanera ha multiplicado su impacto por seis. «Ahora pedimos 3.000», afirma Rosario, subrayando con orgullo que «somos un pueblo muy solidario». Esta ruta deportiva de 8 o 12 kilómetros –acuden corredores y «andarines» por 5 euros el dorsal–, es también una fuente vital de donativos para la investigación contra el cáncer y para sostener los servicios gratuitos de la AECC, como psicólogos, fisioterapia y pisos de acogida.
El espectáculo visual es, según Rosario, sobrecogedor. «La imagen de los drones es preciosa. Me emociono y todo porque se ve el camino lleno», describe con la voz cargada de emoción. Y es que, para Rosario, la Pantanera no es solo una marcha: cada zancada es un paso hacia mejores tasas de curación, pronósticos más esperanzadores o una mayor calidad de vida. De ahí que su trabajo empiece mucho antes del pis toletazo de salida, con la captación de empresas colaboradoras. «De momento este año he llamado a cinco y todas han dicho: ‘Nosotros seguimos’».
Rosario lleva por bandera el eslogan de la AECC en Albacete para 2026: «Por la vida y por todos», y recuerda a quien quiera escucharla que el camino del cáncer es duro, pero que nadie tiene por qué recorrerlo en soledad: «A personas que estén en este proceso me gustaría decirles que no están solos, que cuentan con nosotros».
Ana Belén Alcañiz (Almansa, 1972) no suele descolgar el teléfono si no reconoce el número. Ese día respondió. Literalmente. En aquella llamada le pedían dar un paso al frente de la Junta Local de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC), y aceptó. Tras más de 25 años de experiencia profesional en el ámbito sociosanitario –y tras haber escuchado la palabra «cáncer» en boca de su médico–, asumió el timón el 20 de noviembre de 2025. Desde entonces, su propósito ha sido lograr que ninguna persona en Almansa tenga que caminar a oscuras frente al diagnóstico. Para ella, presidir no es mandar; «es estar cuando más falta hace».
P: ¿Qué le hizo decir «sí» a dirigir la AECC en Almansa?
R: Fue en el mismo instante en el que me lo pidieron cuando sentí que quería implicarme de verdad; estar ahí para quienes atraviesan los momentos más duros de su vida. Mi relación con el cáncer es muy cercana: ha estado presente en mi vida y en la de personas que quiero. Eso te cambia para siempre. Te hace entender el miedo y la incertidumbre; también la importancia de no caminar solo. Presidir la Junta Local es mi forma de transformar dolor en compromiso y trabajar para que nadie en Almansa se sienta solo frente al cáncer.
P: ¿Qué aprendizajes de su trayectoria previa cree que le servirán ahora?
R: La escucha y la empatía. La vida me ha enseñado que no siempre hacen falta grandes palabras, sino estar, acompañar y no soltar la mano. Profesionalmente, la experiencia de trabajar en equipo, coordinar proyectos, asumir responsabilidades…
P: Presidir una entidad así tiene una gran carga emocional. ¿Cómo se cuida a sí misma para no quemarse?
R: Soy muy consciente de ello y por eso, me apoyo mucho en las personas que me acompañan en la junta y en el voluntariado, porque esto es un trabajo compartido. Nadie debe hacerlo solo. También intento darme espacios para parar y no perder de vista por qué estoy aquí. Cuidarme no es alejarme, sino mantenerme fuerte.
P: ¿Qué parte del trabajo invisible de AECC sorprende más a quien entra?
R: La cantidad de personas que llegan en silencio, cargadas de miedo o con la necesidad de ser escuchadas.
P: Cuando una familia recibe un diagnóstico ¿qué pide primero?
R: Calma y orientación. Alguien que escuche y ayude a ordenar ideas. A partir de ahí surgen los trámites, las dudas médicas y el apoyo psicológico.
P: ¿Qué servicios de AECC en Almansa deberían conocerse mejor?
R: Mi reto personal es que no haya ningún paciente o familiar que esté pasando por un cáncer y desconozca que la AECC cuenta con un teléfono gratuito (Info cáncer: 900 100 036) al que pueden llamar las 24/7, los 365 días del año. A través de él se ofrece información, apoyo psicológico a través de terapia, orientación jurídico-laboral y acceso a recursos como ayudas económicas, vivienda y transporte, alojamiento cercano a hospitales, material ortoprotésico, programas de prevención y bienestar, voluntariado de acompañamiento y campamentos para niños y adolescentes con cáncer y sus familias.
P: ¿Por qué es tan importante la investigación dentro de la AECC?
R: Es fundamental para avanzar en el tratamiento del cáncer. Una parte muy significativa de los fondos que recaudamos se destina directamente a impulsar proyectos científicos de calidad, que permiten mejorar la supervivencia y la calidad de vida de los pacientes.
P: ¿Con cuántas personas trabajan?
R: En la provincia contamos con 334 personas voluntarias y más de 7.600 asociadas. A lo largo del año, llegamos a más de 14.000 personas.
P: Cuando piensa en Almansa, ¿qué necesidades detecta de forma clara?
R: Lo más urgente es el acompañamiento. Sentirte apoyado en cada paso del proceso. La información y la prevención también son clave y salvan vidas, las ayudas siempre complementan, pero estar al lado de la gente marca la diferencia.
P: ¿Qué perfiles son más vulnerables en un municipio como el nuestro?
R: Personas mayores, especialmente que vivan solas, y familias con dificultades económicas o empleos inestables, para quienes la enfermedad es un impacto añadido. También hay barreras de transporte para acceder a tratamientos fuera de la localidad.
P: ¿Qué lagunas le gustaría llenar?
R: Reforzar el acompañamiento desde el primer diagnóstico, mejorar el acceso a información clara y reducir la dificultad de desplazamiento
P: ¿Qué mitos sobre el cáncer le gustaría derribar?
R: Que siempre es una sentencia sin salida, cuando hoy hay muchos tratamientos que permiten vivir y convivir con la enfermedad. También está la idea de que es mejor no hablar de cáncer, solo nombrarlo da miedo. Hay que hablar con naturalidad; informarse bien y acompañar sin miedo.
P: Si lanzara una campaña local con un solo mensaje…
R: Prevención. Cuidarnos hoy salva vidas mañana.
P: ¿Qué te gustaría trasladar a las administraciones?
R: La importancia de seguir reforzando los recursos sociosanitarios y la atención cercana, especialmente en municipios como Almansa. Hay aspectos que sí funcionan, como la implicación de los profesionales, pero falta agilidad, más apoyo en atención psicológica-social y una mayor apuesta por el acompañamiento. Invertir en cercanía.
P: Un mensaje para quien pasa un cáncer en silencio.
R: Que no está solo. Pedir ayuda no es una debilidad, es un acto de valentía. Estamos aquí para acompañar, escuchar y apoyar.


