A sus 90 años, Delirio Uribelarrea López (Alpera, 1935) no tiene tiempo para eufemismos ni silencios complacientes. Ya no vive en ese siglo que intentó, en vano, dictar el paso de sus inquietudes. Nacida en los estertores de una República que se desangraba, es el testimonio vivo de una España que olía a pegamento de zapatero y a incienso de sacristía. «Ojo, que yo soy muy de iglesia, pero también muy roja», dispara con una sonrisa díscola que es, en sí misma, una victoria contra quienes trataron de domesticar el pensamiento de las mujeres.
Delirio ha sabido conjugar la devoción cristiana y la rebeldía, las labores del hogar y la agitación cultural. Tanto ella como su marido, Juan Sánchez Ángel, ya fallecido, fueron piezas clave en la vida social de Almansa, siendo ambos miembros fundadores de la Asociación Cultural Torre Grande, que aunque empezó a fraguarse en el 83, vio la luz oficialmente el 15 de junio de 1984. Él fue, de hecho, el primer presidente de la entidad, cuya misión sería difundir la cultura y el patrimonio local, y que entonces bautizaron como Asociación «Amigos de Almansa». Todo esto me cuenta Delirio, tomando café en el salón de su casa. Lo hace apoltronada en el sofá, sin levantarse debido a los achaques de la edad, pero con una extraversión encendida y una actitud eléctrica, que atraviesa la estancia como un relámpago. Al hablar se expresa con franqueza, claridad y una lucidez envidiable. Si toca denunciar las injusticias del pasado lo hace «sin pelos en la lengua», aunque mantiene todo el rato una educación impecable.
Espera poder reunir las fuerzas suficientes como para subir al escenario del Teatro Principal el próximo 11 de febrero, a las 20:00, cuando celebren su homenaje dentro de la programación de Torre Grande. Titulado «Una vida entregada a la sociedad», incluirá la proyección de una pieza audiovisual protagonizada por Delirio, producida en colaboración con TV Almansa, que busca reconocer su participación activa en diversos movimientos sociales y culturales de la ciudad, incluida la asociación que organiza el acto.
La «primera» Torre Grande surgió a raíz de las tertulias que mantenían en la antigua librería Biblos, sita en la calle Mendizábal, 24 «junto a la fuente del León». Delirio comenta que el estable cimiento tenía aspecto de «botica». Su arquitectura artesanal hace que lo compare con una de esas farmacias antiguas, con mostradores de madera noble, estanterías altas y suelos enlosados. Allí, Delirio entabló amistad con una «cuadrilla» de «mujeres solteras», curiosas, que sabían leer y tenían ideas propias.
Recuerda a «Rosa Pardo, a Ana Mar [Ana María Sáez] o a mi vecina, Loli». Milagros García «era quien lo llevaba y convocaba allí muchas reuniones», prosigue. «Muchas de ellas eran maestras, que se juntaban allí con los hombres para conversar sobre libros y cultura». A toda esa «pandillica» de Biblos «nos llamaban las culturetas», comenta Delirio con complacencia.
Veintiuna personas aparecen como asistentes en el acta fundacional de la asociación: diez hombres y once mujeres, con Matilde Cuenca como vicepresidenta. A las juntanas también acudían rostros conocidos, como Rafael Piqueras, licenciado en Geografía e Historia, y Paquita Tomás Romero, que trabajaba en Biblos ordenando los libros y, más tarde, se convertiría en la primera bibliotecaria de la localidad.
Son nuestras Sinsombrero. Mujeres intelectuales, menos reconocidas por la historia oficial que sus contrapartes masculinas, pero que se destacaron igualmente por su ingenio y su actitud modernizadora. Venían de la dictadura, cuando leer según qué libros no era bien mirado y menos para una mujer, pues podían despertar en ellas instintos o pasiones reprochables. «La formación que recibíamos, incluso en los cursillos prematrimoniales, era ejemplarizante y machista a más no poder: nos decían que la mujer tenía que ser una ‘fecunda parra’’ en su casa, dedicada por entero a los hijos y al esposo», señala. El ideal era el de la «perfecta casada», una mujer sumisa que administraba el hogar mientras que «los hombres de aquella época eran de ‘ordeno y mando’».

Delirio sabía que su «misión» era ser ama de casa, pero nunca encajó en ese corsé social. «Nosotras teníamos un lema que decía ‘‘una noticia más, un brillo menos’’; es decir, que es más importante enterarte de las cosas que quitar el polvo. Yo prefería mil veces leer todo lo que caía en mis manos; me interesaba por todos los sistemas políticos y, cuando llegó el momento de dejar atrás el que teníamos, no tenía ninguna duda».
Muerto el dictador, soplaban vientos de cambio. Entonces, las librerías tenían dos facetas: eran negocios, pero también un espacio de dinamización cultural, de difusión de la lectura y el pensamiento crítico. Entre sus estanterías, se realizaban conferencias, charlas y se agitaba ideológicamente a una sociedad que despertaba del franquismo. «Nosotros traíamos a gente muy importante para que hicieran ponencias», explica Delirio. «Nos reuníamos, leíamos y hablábamos de todo: sobre todo de literatura, de cultura y de historia, incluso de política, aunque fuera un poquico bajo manga», revela.
Algunos de estos espacios reunían a «muchos socialistas», viéndose expuestos al control policial y a la prohibición de actos culturales con una clara significación política. Librerías como Popular, en Albacete, o Fuenteovejuna, en Toledo, recibieron amenazas, pintadas, pedradas e incluso atentados de bomba. Pero Biblos, en Almansa, se salvó del escrutinio por un motivo sencillo: sus lazos con la Iglesia Católica.
En aquel entonces era «como una sucursal de otra que había en Albacete, propiedad del obispado», explica De lirio. «Biblos la puso aquí la Iglesia, cuando estaba aquí el párroco Don Augusto», señala, «así que no nos vigilaban tanto, porque creían que todos éramos de derechas», sonríe pícara mente. «En realidad, había gente de todo tipo. Mi marido, por ejemplo, era mucho más conservador que yo».
A Juan Sánchez Ángel le conoció, precisamente, en Acción Católica. Ella tenía 17 años; él, 23. Era el encargado de consultar a los censores la calificación moral de las películas y colocar carteles informativos en la parroquia. Se casaron en agosto de 1958 y tuvieron cinco hijos e hijas. En sus últimos años, Juan sufrió un ictus. Delirio se volcó entonces en la asociación de daño cerebral (hoy ADACE), porque «quería ser la voz del que no habla y los pies del que no puede andar».
Al final de su vida, Delirio no mira atrás, sino adelante. Le inquieta la des memoria y la banalización de la dictadura a la que asiste el presente. «A estos niñatos que ahora se han hecho de Fuerza Nueva -dice, refiriéndose a Vox les diría: ‘‘Nenes, parad el burro’’. Dicen que con Franco se vivía mejor… Claro que se vivía bien, porque éramos todos mudos. El que hablaba, las pagaba», afirma, con la dureza de quien ha visto a un vecino perder los dientes tras recibir el culatazo de un fusil de la Guardia Civil, solo por haber roto la fila en un desfilr para buscar a sus hijas.
Pero si hay algo que todavía le escuece incluso más que la represión, es el rastro íntimo que dejó el machismo en su biografía: no haber podido estudiar. «No cambiaría nada de mi vida, salvo haber podido estudiar en la universidad. Habría hecho Matemáticas», suspira. Una mujer del Renacimiento nacida en el siglo equivocado.