El erudito bíblico del siglo XX, H.L Ellison, dijo que Dios, como creador común, «veía al ser humano y al animal mucho más estrechamente relaciona dos entre sí que el concepto moderno de un lazo puramente biológico». Pocos lo saben tan bien en Almansa como Miguel Alcocel Arnedo, un almanseño nacido en 1949 en la zona de «Puerta de Valencia», cuyo destino quedó sellado por el traqueteo de las mulas y la memoria de una tradición perdida que él, junto a otros amigos, se encargó de devolver a la vida.
Miguel creció en un entorno donde los animales eran parte del paisaje cotidiano, aunque su casa no fue puramente pastoril. Su padre, Rafael «el de la cooperativa», fue comerciante toda la vida, trabajando en los Coloma antes de establecer su propia tienda en la calle del Campo. Pero la verdadera chispa que encendió su pasión por el mundo animal no estaba en el comercio, sino en su vecindario. La Puerta Valencia, donde se ubicaba un parador de Antonio Blanco, era el lugar donde se celebraba un evento conocido como «la Cuerda», una feria dedicada a la compra-venta de animales. Este evento, que se llevaba a cabo en las mismas fechas que la feria de final de verano, era un hervidero de vida rural en la década de los 50. Allí se vendían las mulas y los burros, el ganado que era habitual en aquellos tiempos. Miguel era entonces un chiquillo de apenas ocho o nueve años. El recuerdo es vívido: ir con los tratantes y los muleros, como aquellos que venían desde lugares tan lejanos como el Puerto de Santa María, acompañándolos a sacar las burras para darles agua.
«Algunos chiquillos nos íbamos con ellos y con los animales para arriba y para abajo», rememora Miguel, explicando que ese contacto directo con el ganado fue el origen de su profundo apego. Este vínculo fue tan fuerte que, dos años después de casarse en el 75, compró su primera borrica. Por entonces, en Almansa ya no quedaba ni una sola, se habían quedado en desuso por el avance de la maquinaria. Se la compró a un tratante de Villena, Pepito Solano, y la llamó Chata, un animal del que dice que «le faltaba nada más que hablar», de la buena relación que tenían: «Lo pasé muy bien con ella», recuerda con una sonrisa. Más tarde, adquirió un semental llamado «El Cordobés» en la feria de Játiva.
El «rescate» de la Bendición
Bajo el brazo, la vida moderna trajo al campo tractores y vehículos, y con ellos, la desaparición paulatina de los animales de tiro. Aunque los agricultores y ganaderos (quienes siguen celebrando su día de San Antón con almuerzos y comidas) mantuvieron viva la festividad, la parte más visible para el pueblo –la bendición de los animales– se perdió. Fue a finales de los años 90 cuando se hizo necesario rescatar esa tradición entrañable. La tarea de recuperar la bendición recayó en la asociación Amigos del Caballo, que se formó específicamente con ese propósito. La bendición se recuperó oficialmente en el año 1996. Esta asociación se encargó de organizar el acto hasta que, con el paso del tiempo y el desgaste lógico, «llegó un momento que nos cansamos». Esta entidad desapareció, sin embargo, la llama de la tradición no se apagó. Tres personas clave continuaron con la labor: Miguel Huerta, Lorenzo Trujillo, y el propio Miguel Alcocel. Finalmente, por circunstancias personales, solo quedaron Trujillo y Alcocel.
Con los años, y ante el reto de organizar un evento que requería logística (como equipos de sonido, movilización de personas, participación eclesiástica, adaptación de la ermita…), los dos decidieron dialogar con el Ayuntamiento de turno para que ellos se hicieran cargo de la organización. Entonces, el alcalde era Paco Núñez, quien no puso «ningún problema». La tradición se mantuvo firme. Luego, la corporación cambió y entró Javier Sánchez Roselló y después Pilar Callado, quienes continuaron en la misma línea, asegurando la continuidad de la bendición de animales.
Aunque la festividad de San Antón se celebra el 17 de enero, la bendición de los animales se programa siempre el fin de semana siguiente para facilitar la asistencia del público. Y aunque se sepa que, en enero, el frío es una constante, Miguel Alcocel Arnedo subraya que esta es una de las mañanas más gratificantes del año. Lo que verdaderamente llena a nuestro entrevistado es poder ver a la infancia: «las criaturas con el periquito, con el pájaro, con los caballos, con la mascota…». Ver a las nuevas generaciones acercarse a la tradición con sus pequeños compañeros, desde los perros hasta las tortugas, era la recompensa que incluso hacía olvidar el frío. Miguel, a pesar de sus 76 años y de ya no llevar sus propios animales, sigue asistiendo al evento todos los años que puede. Y es que, sin duda, este acto no es solo un recuerdo histórico o un mero acto religioso; es una oportunidad crucial para la sensibilización y la enseñanza. El espíritu de San Antón debe ser un recordatorio de que los animales merecen un compromiso serio y duradero.
El compromiso irrenunciable
El objetivo primordial del evento, es bendecir. Según el párroco Damián Picornell: «Este concepto significa “decir palabras que hagan el bien”, enterrar las malas palabras con buenas: bendecimos a los animales para recordarnos que no somos dueños de la naturaleza ni la creación, sino que estamos a su servicio y entre todos la debemos cuidar». En la línea, Miguel Alcocel tiene un mensaje claro y directo: «Una mascota no es un juguete».
La tenencia de un animal requiere atención constante y preocupación. No debe ser un capricho fugaz, como aquel perro o tortuga que se regala el día 6 de enero y que el 8 está olvidado. Es necesario «comprometerse, obligarles o enseñarles a que un animal es como una persona». Esto implica educarlo, atenderlo, llevarlo a vacunar y completar sin falta «todo el proceso que lleva». Los animales, como su burra actual que ya roza los 30 años, requieren cariño y dedicación incondicional. La advertencia de Alcocel es rotunda: si no se va a tratar a un animal con afecto y responsabilidad, «lo mejor es no tenerlo». La falta de compromiso conduce al maltrato, sea este intencionado o por negligencia.
Alcocel es conocedor de que la sensibilidad sobre el trato animal ha crecido, lo cual es positivo, pero Miguel también ofrece una perspectiva matizada sobre la inclusión de animales en actos públicos y laborales. Muestra su desacuerdo con la tendencia a «quitar todos los animales de un plumazo de todo» y rememora las buenas vivencias ocurridas en múltiples cabalgatas, donde la infancia tenía contacto directo y en positivo con distintos animales. Él recuerda con alegría su propia experiencia, viendo cómo sus animales reaccionaban con entusiasmo cuando se les colgaba el aparejo y sonaban los cascabeles, como si dijeran: «¡Nos vamos de fiesta!».
La cita de San Antón es la excusa perfecta para celebrarlo y, sobre todo, para renovar el compromiso de la sociedad con el bienestar de aquellos que nos ofrecen su compañía incondicional. Como es sabido, el lugar de la celebración será en la ermita del santo en la mañana del domingo 18 de enero.


