«¿Crees que ganarás un Goya en 2027?». La pregunta queda suspendida en el aire, entre el aroma de un café compartido a distancia entre Almansa y Barcelona. Olga Rodal (nacida Olga Rodríguez Alcocel) ríe al otro lado del teléfono y huye de los tópicos edulcorados del éxito. «No lo sé. Suena bonito, pero ¿sabes? Sinceramente, es un maldito follón», confiesa con naturalidad. La estatuilla, viene a decir, tiene un reverso de estrés en la nunca.
La almanseña —junto a su compañera Irantzu Campos— fue candidata en 2025 a Mejor Diseño de Vestuario por El 47, de Marcel Barrena, que además se alzó con un Premio Gaudí. De su experiencia cuenta cómo, mucho antes de la gala, arranca una agenda «estresante y absorbente» que incluye «millones de entrevistas», eventos y sesiones de fotos. «A todo esto, tú sigues trabajando; en mi caso, diseñando y vistiendo a actores… hasta que de repente dices: “Ostras, que ahora tengo que vestirme a mí misma”».
Acostumbrada a construir la imagen de otros, gestionar la propia no es tan sencillo. Para más inri, en esas fechas los actores acaparan las prendas de marcas y diseñadores. «A ti nadie te deja nada porque no eres nadie», resume con ironía sobre las nominaciones técnicas. Finalmente, ella e Irantzu resolvieron su atuendo gracias a Gratacós, un atelier de confianza que les cedió unos tejidos «muy bonitos».
Ni siquiera los servicios gratuitos de peluquería y maquillaje que ofrece la organización resultan prácticos para los invitados: «Es imposible por las colas, mejor es ir arreglada de casa como hicimos nosotras». Mientras los rostros conocidos cuentan con estilistas a la carta, los perfiles técnicos se mueven como un pato mareado en busca de alguien que les dé un vaso de agua: «Te sientes invisible en un mundo de glamour. ¡Es muy divertido!».
Como curiosidad, comenta que los Goya ofrecen tratamientos estéticos gratuitos previos a la gala para los nominados y nominadas en cualquier categoría. ¿La pena? «No me pude hacer ninguno porque estaba trabajando», explica entre risas.
De Almansa a tocar las estrellas
Antes de la alfombra roja, Olga dio sus primeros pasos por los pasillos del colegio Príncipe de Asturias y el instituto José Conde García. Estudió diseño de moda en Madrid, pero pronto entendió que la pasarela no era su destino. «Trabajando en un showroom me di cuenta de que la moda, tal cual, no era para mí». Afinó la brújula y encontró su norte en un posgrado en Barcelona que la llevó al vestuario cinematográfico.
Tras trabajar en el vestuario para videoclips de artistas como Violadores del Verso o La Mala Rodríguez, ha terminado cosiendo historias en grandes producciones como REC 3, Los últimos días o, más recientemente, en Cronos, sobre los atentados de Las Ramblas.
Parece fascinante y, sin embargo, Olga nos baja a la tierra. Asegura que el día a día del cine no es nada glamuroso, sino una batalla diaria contra el presupuesto. «Somos un departamento muy flojito. En vestuario siempre andamos contando céntimos, pidiendo favores y buscándonos la vida», explica. De hecho, su trabajo en El 47 fue una oda a la perseverancia.
Ante la falta de archivos sobre los uniformes reales de los autobuseros de la Barcelona de los 70, ella e Irantzu lanzaron un SOS en Facebook. «Encontramos a varios jubilados; luego, apareció un señor que justo había conducido el 47 y nos envió una foto suya antigua, en el autobús. ¡Por fin teníamos el uniforme!».

A partir de esa imagen lo confeccionaron desde cero, tiñendo telas y persiguiendo ese «azul setentero» exacto. «Encontrar ropa orgánica de los 70 es un drama, porque todo era sintético», explica. «Tuvimos que hacer lavadoras con piedras pómez para desgastar los tejidos y que no se vieran nuevos».
En rodaje, el margen de error es mínimo. «Siempre tienes que tener un plan B y C colgado en la percha durante el rodaje. Si el vestuario es verde y ese día los árboles están especialmente verdes, hay que reaccionar al instante para cambiar a los actores», indica. Antes de filmar, los departamentos de vestuario, arte y fotografía trabajan «todos a una», explica, para construir el universo visual de la historia. Se acuerda paletas cromáticas e incluso colores prohibidos para no romper la armonía visual.
Ya en pleno rodaje, esa coordinación se pone a prueba. Mientras fotografía presiona para rodar antes de que caiga la luz, vestuario organiza simultáneamente a cientos de figurantes, comprobando que cada prenda sea coherente con la época, el contexto y la escena. La cámara no perdona errores.
En busca de turbantes por el barrio del Raval
Ahora, mientras el Auditori Fòrum se prepara para la 40ª edición de los Goya, Olga diseña el vestuario de La Roja, la nueva película de Barrena. «Hace unas semanas tomamos medidas a Carolina Yuste y a Paco León», comenta. Prevista para 2027, la cinta contará la epopeya real de la selección española de críquet, formada en su mayoría por jugadores de origen indio y pakistaní, que sorprendió al país tras lograr el bronce europeo en 2023.
«El críquet es un deporte nada representado en el imaginario español. Los ingleses se lo dejaron de herencia a los indios y, por eso, muchos de nuestros deportistas profesionales son extranjeros. Eso suscitó muchos mensajes racistas de forma injusta para los jugadores», critica Rodal. Algunos componentes del equipo compaginan trabajos con turnos de 18 horas tras el mostrador de tiendas de alimentación con el entrenamiento que requiere practicar un deporte al máximo nivel.

Con La Roja, Olga se enfrenta al doble reto de encontrar indumentaria vinculada al críquet y hacerlo desde respeto cultural. Por eso, ha decidido alejarse de soluciones fáciles y bucear en el Raval en busca de una autenticidad que «no se puede comprar en cualquier sitio». Su método es casi antropológico: «Paro a gente por la calle para preguntarles por su turbante; tengo millones de números random en el móvil».
La almanseña explica que es habitual que desconocidos para ella acaben convertidos en consultores de estilo, entrando en los hogares de las familias para alquilar sus propias ropas. «Acabas en muchos pisos, compartiendo tiempo con personas que te enseñan su armario. Me gusta llegar a su realidad, conocer lo que llevan de verdad y por qué. Representar fielmente su cultura y hacerlo de forma ética».
Pero, aunque el horizonte de 2027 parece devolverle el eco de una posible nominación, Olga tiene claro cuál fue su verdadero premio: el momento en que bajó del autobús oficial de los Goya en la edición anterior, en Granada, y se encontró a medio centenar de almanseños esperando tras las vallas.
«Nosotros siendo escoltados por la Guardia Civil como si fuéramos algo y, de repente, la encargada de prensa dice que hay un grupo de 40 o 50 personas «liándola» en el hotel. Pensé que serían fans de algún actor y eran mi familia y amigos. Ese fue mi auténtico premio. Ya no quería ir a ningún sitio más, solo con ellos a comer. Y ellos: ¡Olga, que te tienes que ir a los Goya!».
Quizá por eso, cuando vuelve la pregunta del Goya, sonríe. «Lo bonito es disfrutar y echarte unas risas, que son muchas horas…». Y mientras viaja de proyecto en proyecto, allá donde se encuentre, la almanseña sigue demostrando que, para vestir el cine, primero hay que saber desnudar la realidad.







