Hay una verdad incómoda que Álex Villazán (Madrid, 1993) no teme verbalizar: el brillo de las plataformas es, a menudo, un espejismo. «Seguirá existiendo el mito de los actores que viven muy bien, pero la gran mayoría estamos intentando sobrevivir a todo esto», confiesa al otro lado del teléfono con la serenidad de quien conoce bien el suelo que pisa. No es una declaración de alguien desencantado, sino la de un intérprete que ha aprendido a gestionar la incertidumbre con «pico y pala», planificando el ahorro para que la inestabilidad de la profesión no le pille desprevenido entre rodaje y rodaje. | Foto: Tamara Arranz.
Villazán no es un extraño en Almansa. En octubre de 2024, su interpretación en La Madre, donde compartió escena con Aitana Sánchez-Gijón, dejó una huella profunda en el Teatro Regio. El próximo 10 de mayo, el actor regresa a la ciudad —a la que asocia con la paz del paseo y el inconfundible sabor del gazpacho manchego— para impartir un seminario de interpretación textual dentro de las Jornadas Regionales de Teatro Aficionado. Su objetivo es devolver a la base lo que el instituto le regaló en sus inicios: «Se trata de defender la accesibilidad; que el teatro es para todos y que es una herramienta muy poderosa para el autoconocimiento y para la comprensión de nosotros mismos y de quien tenemos enfrente», explica.
Para el madrileño, las tablas son un «oasis» frente al ritmo endiablado de los sets de rodaje. Sostiene que el teatro posee una esencia analógica, una conexión humana e inmediata que se escapa entre las costuras de la gran industria audiovisual. El escenario es su refugio; esa «droga buena» que solo se experimenta cuando el actor se expone sin red ante el público. Es en esa inmediatez, donde no existe la segunda toma ni el amparo del montaje.
Álex, ya estuviste en Almansa en 2024 junto a Aitana Sánchez-Gijón con la obra La Madre. ¿Qué recuerdos guardas de la ciudad de aquella última visita?
Guardo recuerdos muy buenos, la verdad. Lo que más recuerdo de Almansa, y me encantó —de hecho ahora que vuelvo al seminario voy a repetir—, es el Mesón de Pincelín. Comí súper rico; el gazpacho manchego me volvió loco, no lo había probado nunca y cada vez que escucho el nombre de la ciudad me viene a la cabeza. También recuerdo la tranquilidad; me transmitió mucha paz para pasear, lo recuerdo como un sitio muy tranquilo.
Tu seminario tratará sobre la interpretación textual. ¿Qué tienes preparado para los alumnos y alumnas?
Sobre todo algo que me pidió José Denia: trabajar la escucha. Estará centrado en la escucha grupal y corporal; en sentir a los demás, estar muy atento a lo que nos da el compañero y ser libres ante lo que eso nos provoca. El taller gira en torno a esa atención para que las reacciones sean orgánicas, que sean «de verdad». Lo he enfocado en la escucha y en la organicidad de las reacciones.

Como actor que ya se mueve en grandes producciones, ¿Qué te aporta volver a la base y trabajar con personas que viven el teatro por puro amor al arte, sin los condicionantes de la industria comercial?
Para mí, el teatro siempre lo he vivido —o intento vivirlo siempre— desde las bases. Lo tengo muy presente en mis trabajos y en mi día a día porque yo empecé haciendo teatro en el instituto, en actividades extraescolares. Digamos que siempre he querido devolver todo eso que se me facilitó y se me acercó a través de esas clases. En este caso, se trata de defender la accesibilidad; que el teatro es para todos, que lo puede hacer todo el mundo y que es una herramienta muy poderosa para el autoconocimiento, para la expresión y para la comprensión de nosotros mismos y de quien tenemos enfrente. Creo que la cultura en general, pero el teatro en este caso, es una forma de hacernos entender mucho más.
De aquellos inicios hasta hoy, ¿Cuál ha sido el consejo más importante que te han dado y que hoy intentas aplicar en tu trabajo?
Cuando era más joven escuchaba este consejo y me parecía algo muy manido, sin recorrido, pero es cierto: lo que más valor aporta es, precisamente, ser uno mismo. Tenemos que poner en valor la autenticidad de cada uno; es algo que no se repite, que no tiene nadie más. Agarrarse a eso y quererse tal cual uno es, creo que es lo más poderoso en esta industria y en la vida en general.
Vienes del teatro, pero tus últimos trabajos son grandes producciones como Refugio Atómico (Netflix) o Las hijas de la criada (atresplayer). ¿Qué te da el escenario que no encuentras en el set de rodaje?
El teatro tiene algo que es estar conectado con un público y poder sentirlo en directo; es algo que no tiene la televisión. El poder del teatro siempre reside en su inmediatez: sucede ahí y no vuelve a suceder nunca más, al menos de la forma en que ocurre en ese momento. Digamos que ese ritual es algo atávico: un ser humano que está en un escenario, en un lugar elevado, y otra persona que observa ese ritual. Creo que tiene algo muy poderoso que experimentamos los que nos subimos a las tablas. Es como una droga buena que nos atrapa; algo muy potente que tenemos que cuidar entre todos. El teatro tiene esa inmediatez que, al final, la cámara no podrá tener nunca.

¿Es por eso que siempre vuelves a las tablas?
Sí, totalmente. Siempre digo que el teatro es mi casa. Trabajar en el audiovisual es complejo —todo es complejo en general— porque la tasa de paro en nuestra profesión es muy elevada. Los que intentamos o conseguimos vivir de esto, a pesar de los altibajos de la profesión, somos unos privilegiados. Para mí, el teatro siempre es el refugio; es como el oasis de la vida, lo que al final te insufla energía.
Mencionas la inestabilidad de la profesión. ¿Cómo gestionas tú, a nivel personal, ese reto de encontrar estabilidad cuando no siempre depende de que lleguen proyectos?
Lo gestiono con mucha calma, con mucha planificación y, sobre todo, siendo muy realista. Al final esto no es nada fácil y cada vez es más complicado por el contexto que vivimos, como el tema de la vivienda. El alquiler está muy caro y la capacidad de ahorro baja, así que tienes que planificar aún más a largo plazo para que «no te pille el toro»; hay que tenerlo todo muy atado para tener una vida digna. Seguirá existiendo el mito de los actores que viven muy bien y no tienen problemas, pero una gran mayoría —por no decir el mayor porcentaje— estamos intentando sobrevivir a todo esto que está pasando.
Me gustaría profundizar en tus trabajos más recientes. En el caso de El refugio atómico, ¿Cómo fue la experiencia física del rodaje y qué resultó más asfixiante de interpretar a tu personaje en un entorno tan claustrofóbico y futurista como ese búnker?
Fue una experiencia enorme porque era un proyecto mayúsculo, con mucho presupuesto. El búnker era, en realidad, la nave donde están las oficinas de Vancouver; una nave inmensa que ya te da todo el contexto. Estás encerrado en un sitio enorme que parece un búnker de verdad. El trabajo de arte es impecable y cuentan con un equipo que se coordina muy bien porque llevan mucho tiempo juntos. Eso se nota y es de agradecer: es un ritmo endiablado donde todo el mundo sabe lo que quiere y todo funciona como un reloj. Ha sido una experiencia maravillosa trabajar con Vancouver y, sobre todo, con los compañeros actores; ha sido un auténtico descubrimiento.
Poco después de Refugio Atómico llegas a Las hijas de la criada, una producción que no tiene nada que ver con la anterior: cambiaste el búnker por los pazos gallegos. ¿Qué te sedujo de esta historia de época para querer formar parte de un proyecto tan diferente al que venías de rodar?
Bueno, el principal motivo fue que me cogieron (ríe). La verdad es que, justo en ese momento, estaba compaginando el teatro —la gira de La madre— con el rodaje de Refugio Atómico. En ese impasse en el que terminó la gira y empecé a concentrarme en Las hijas de la criada, poder enlazar un proyecto con otro fue algo que agradecí mucho, porque, como hemos dicho antes, no es nada fácil. Además, fue un reto porque nunca había hecho algo de época tan grande. El transcurso del tiempo en los personajes me daba mucho margen para trabajar; había una evolución de mi personaje desde los 25 hasta los 33 años, y ese arco temporal era muy chulo para poder desarrollarlo.
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Al hilo de lo que comentabas sobre el impecable trabajo de arte y coordinación en producciones como las de Vancouver, muchos actores reivindicáis la labor del equipo técnico. Sin embargo, en grandes galas, no todos los departamentos tienen siempre el mismo reconocimiento o representación. ¿Crees que se debería poner más en valor a toda esa gente que hace posible que el cine exista?
Totalmente de acuerdo. El cine requiere de muchísimas personas y, por lo general, en los proyectos que suelen estar nominados intervienen equipos inmensos. Siempre se termina echando de menos a alguien: desde el equipo de peluquería hasta los guionistas, que suelen estar muy a la sombra, pasando por los técnicos de iluminación. Al ser equipos tan grandes, ellos suelen ser los que tienen menos visibilidad. Hay que tenerlo en cuenta y partir siempre una lanza por ellos, porque el trabajo es de todos. Si alguien deja de remar, el barco no avanza. Tenemos que ser conscientes de que esto es una labor colectiva; somos todos los que hacemos esto posible y debemos ir siempre a una.
Y tras este paso por Almansa, ¿en qué proyectos te vamos a poder ver próximamente? ¿Hay algo que nos puedas adelantar para lo que resta de este 2026?
Todavía no puedo contar mucho, pero saldrá en breve. Es un proyecto teatral con el que estaré a partir de noviembre. Como te digo, el teatro, al final, es mi casa.









