Actor de culto con un Goya y más de 40 títulos en la chepa, Gabino Diego (Madrid, 1969) fue chico Almodóvar antes de refugiarse –felizmente– en las carreteras del teatro. Padre de una hija de 30 tacos, conserva ese aire de cómico querido que no necesita hacer ruido para seguir ocupando su lugar en la memoria colectiva. Ahora gira por España con Pijama para seis, mientras vuelve a colarse en la conversación por el regreso de Cuco al universo Torrente. Entre función y función, defiende el teatro como trinchera de lo auténtico en tiempos de inteligencia artificial y reflexiona sobre una profesión que sobrevivirá a todo menos al silencio del público. | Foto: Jesús G. Feria
Imposible no empezar por el tema del momento: Torrente Presidente, [ríe]. ¿Qué ha sido más difícil: recuperar el personaje o aceptar que han pasado 20 años?
Meterse en el personaje ha sido mucho más fácil esta vez. He tenido 20 años para verlo, estudiarlo y asumirlo [ríe]. Miro al Cuco de entonces y al de ahora y, claro, se nota que ha envejecido, pero en esencia sigue estando igual.
¿Querría a Torrente de presidente?
Hombre, imagínate. Un personaje de esa calaña no puede ser muy bueno como presidente. De los políticos actuales, mejor no hablo, no. Hablemos de cultura.
Pues hay quien lo idolatra, ¿no cree?
Torrente muestra lo peor del ser humano. Es un personaje asqueroso. Si la gente se ríe, debe ser porque, de alguna manera, refleja cosas que reconocemos de nosotros mismos.
Defiende la risa como una forma de supervivencia…
Siempre he usado la risa para sobrevivir; reírme de las desgracias. El sufrimiento, con tiempo, se puede convertir en comedia. Puedes acabar riéndote del que fuiste en ese momento. Y España nunca deja de dar material. Sale una noticia y ya hay memes. Qué ingeniosos somos para reírnos de todo. Eso nunca nos lo van a quitar.
Has trabajado con los más grandes: Fernán Gómez, José Luis Cuerda… ¿Echa de menos aquel cine?
No sirve de nada decir «echo de menos» porque no puedes trasladarte a otra época. Antes para aprender algo ibas a la biblioteca; ahora lo tienes todo en el móvil. Puedes ver Bienvenido, Míster Marshall o Viridiana, pero también hay otras cosas fantásticas. Lo que sí me preocupa es hacia dónde vamos. Dentro de poco las películas las hará la IA.
Es cierto que ya no suena distópico…
Ya me ha pasado en rodajes donde me dicen: «No te preocupes, esto lo arreglamos en posproducción». El siguiente paso será: «Cédeme tus derechos de imagen y vete a casa, que ya manejamos nosotros a tu muñeco». Como dijo Antonio Banderas, lo único que nos va a quedar será el teatro… ¡Y espérate que no saquen robots actuando! «Ve a ver al robot, que actúa muy bien».
Precisamente en el teatro parece haber encontrado su refugio definitivo…
El teatro es la madre que siempre te acoge. Soy muy feliz recorriéndome España con la función, sintiendo que cada noche hago algo único e irrepetible para el espectador. Porque, si conectas, la sensación es increíble. El teatro goza de muy buena salud porque la gente tiene ganas
de pasárselo bien en vivo.
Ahora estás con Pijama para seis. ¿Qué tiene esta obra para que lleves casi un año con ella?
Es una pieza de relojería, un vodevil de Amoletti muy divertido. Lo bonito es que el espectador va por delante de los actores, sabe cosas que nosotros no, y ver cómo se va enredando todo es una delicia.
A veces se lee por ahí eso de «¿qué fue de Gabino Diego?». Debe ser molesto.
Es que ese «fue» parece que ya no existes. ¡Y no he parado! Llevo quince años volcado en el teatro. Un actor nunca desaparece si sigue subiéndose a un escenario.
Durante la charla también hay espacio para Almansa.
—Tengo mucha ropa de allí. Los zapatos, claro, y también un par de pantalones.
Pero quizá el momento más sincero llega al final, cuando habla del fracaso, de los comienzos y de las inseguridades que arrastró de joven.
—Cuando hice Las bicicletas son para el verano (1984) tuve unas críticas horribles y me quise dedicar a otra cosa. Me dije: «Si no lo hago bien, pues que venga otro y lo haga».
Después llegaron los buenos papeles, el reconocimiento y un Goya. Aunque él se queda con una frase de Fernán
Gómez:
—Que un galardón en la juventud no era solo un reconocimiento al talento, sino una confirmación práctica de que puedes seguir trabajando en el oficio.
Si pudieras darle un consejo a ese Gabino adolescente que dudaba de sí mismo, ¿Qué le dirías?
Que lo importante es no llegar a viejo pensando: «Tenía que haber hecho esto». Prueba, luego la vida ya se encargará de decirte si vales o no. Porque si no, para qué. Si no, para qué…
Entrevista original redactada para La Revistica







