Asisto con tremendo dolor y pavor al patético espectáculo que nuestra sociedad protagoniza en estos últimos largos días de octubre. Personas de todas las edades se subyugan a un nuevo engaño del sistema capitalista que introduce por recto y garganta la más paupérrima, y a su vez peligrosa, artimaña para vender más. No es un blackfriday ni un blue Monday, pero sí que es otro anglicismo, que lejos de ser inocuo, inserta en nuestra sociedad conceptos tales como la hechicería, el espiritismo o la violencia desde un arriesgado prisma de subestimación. Como si fueran cosas baladí, que no tienen relevancia. Por supuesto hablo del ya tristemente instaurado Halloween.
Expondré en tres reflexiones porqué considero que esta situación se nos está yendo de las manos, tal y como hace una década advertían las voces más extremistas y a las que yo mismo catalogué de alarmantes, siendo ahora el tiempo el que les da la razón sin contemplaciones. Estos razonamientos que han llegado a mi mente en estas largas jornadas de exaltación de la oscuridad parten de lo siguiente: el peligro de minusvalorar ciertas prácticas ocultistas, la pérdida de identidad local y la vergonzosa exposición a la infancia. Siendo este último el peor de los escenarios que he presenciado, lo que me ha provocado severas náuseas, y no estoy exagerando.
El peligro del ocultismo
Parece increíble que las voces disidentes en pleno 2026 sean aquellas que reconocen las prácticas oscurantistas como peligrosas y nada edificantes. Esta sociedad relativista reduce a lo inofensivo dogmas que desde la sabiduría ancestral se han reconocido como perjudiciales para la mente y el espíritu de las personas. La violencia, la muerte o las fuerzas del mal (llámese Luzbel o Angra Mainyu) no son edificantes, solo están presentes en nuestra realidad para causar dolor, tristeza, división, engaño y amargura. Sí, forman parte de la vida, pero ese hecho no respalda la idea de acercarlas a nuestra cotidianidad desde una apariencia trivial o de mofa. Ojo, que puede haber espacios para hacerlo, el humor y la provocación son armas que tenemos para afrontar lo terrorífico, pero aun así sigo sin comprender por qué lo debemos hacer obligados por esta patética jornada establecida por Dios sabe quién, bajo los cánones de una fiesta extranjera y sin ningún tipo de beneficio social, salvo por las ventas de disfraces o comida basura y un nuevo espacio para que las grandes empresas nos obliguen a adquirir más bazofia que no necesitamos.
De la misma manera que la libertad de expresión ampara a la cantidad de instituciones (presumiblemente serias) o personas que estos días inundan sus canales de comunicación mediante imágenes de demonios, rostros golpeados o gatos negros, yo me escudo en ese mismo derecho para decir los que realmente pienso y creo. El espiritismo, la santería, la brujería o la nigromancia son realmente malos, no traen nada bueno a la vida y son ataques directos a la salud mental, tanto si te los tomas realmente en serio como si los aceptas sin darles mayor relevancia. Más concretamente mi tierra natal, Almansa, debería conocer del peligro para las personas que entrañan estas prácticas. Si la salud mental pende de un hilo, este tipo de prácticas ocultistas son la navaja afilada que la va a hacer caer. Y con ella caerán seres queridos.
Halloween acerca estos conceptos o bien desde una romantización de lo oscuro o bien desde una vanalización del mal. Ambos son argumentos que esgrimen los defensores de esta estúpida tradición. Los cuales pivotan entre la adoración de brujas e historias de asesinos y el «no pasa nada» o el «es una fiesta muy divertida». Maldita sea, he visto a niños disfrazados de Pablo Escobar: ¿tengo que explicar por qué esto es tremendamente peligroso? El poeta y ensayista francés Charles Pierre Baudelaire dio en el clavo con el verso: «El más bello ardid del diablo es persuadirnos de que él no existe».
La pérdida de buenas tradiciones
Bien saben los que me leen desde hace tiempo que soy fiel partidario de revisar nuestras tradiciones más cuestionadas. Siguiendo el sabio consejo de Paulo de Tarso, debemos examinar todo y retener tan solo lo bueno. Para muestra un botón. No es bueno tirar una cabra por el campanario, pero sí que lo es juntar a todo el pueblo en una convivencia en la plaza bajo la música de una banda. Manganeses de la Polvorosa aprendió la lección y avanzó hacia una celebración más sensata.
De la misma manera, no podemos perder una tradición que a todas luces es tierna y edificante para nuestra vecindad, y además teniendo profundas raíces en la cultura local, la de nuestros mayores y sus mayores. Y en estos días de final de mes diez me refiero a la celebración del Día de Todos los Santos. ¡Me pinchan y no sangro! Me veo defendiendo una tradición católica (sin ser yo nada de eso). Pero la urgencia de la situación reclama que recordemos que honrar a nuestros seres queridos, llevarles flores y comer en familia con unos buenos buñuelos de postre sí que es una celebración buena para la mente y el corazón. Esta sí que es una manera de acercar a la infancia conceptos como la muerte, el amor, las creencias o el respeto por los ancestros que nos han hecho ser quienes somos. Pero esto no invita a que las empresas nos conduzcan al consumismo desmesurado, es una fiesta que no llena baretos ni discotecas, una tradición que para algunos profes no será lo suficientemente moderna ya que no comulga con la identidad anglosajona de las grandes plataformas que dirigen nuestro sagrado calendario comercial y social.
No veo fotos en las redes sociales de pequeños y mayores presentando sus respetos a los restos de sus seres queridos o familiares. Veo vergonzosas imágenes de rostros sangrantes y muñecos que representan cadáveres colgados con una soga, tanto en los hogares como en los establecimientos públicos. ¿Cómo hemos podido normalizar esta violencia visual? Preguntarle a una madre que ha tenido que curar las heridas en la cara de su hija tras los golpes de su maltratador o al familiar que ha perdido a alguien tras un suicidio por ahorcamiento qué le parece esta «alegre e inofensiva» tradición norteña.
La exposición de la infancia
Me hierve la sangre y se me revuelven las tripas. Estos días he visto como niños son expuestos bajo iconos que representan el mal por sus propios padres, como si fueran un maldito (y nunca mejor dicho) escaparate. Padres y madres que no bautizan a sus hijos porque «creen en su derecho a decidir libremente» (algo que defiendo a capa y espada), pero que luego ponen en su cabeza unos cuernos de demonio o los disfrazan de personajes de ficción conocidos por su nauseabunda y gratuita violencia. Aun así, si quieren jugar a la ruleta rusa con sus churumbeles, no soy yo quién para prohibírselo, tristemente para esas criaturas, pueden hacer lo que les plazca con ellas.
Pero hay una línea roja que no puedo dejar pasar. ¿Qué vergüenza de sistema permite que en escuelas infantiles y colegios de primaria, ambos de titularidad pública, se exponga a este sinsentido a niños y niñas que no levantan un palmo del suelo? Estos días contemplo con un nudo en la garganta y, os lo juro, ganas de vomitar, cómo en las aulas se apagan las luces para que mamarrachos disfrazados con trapos y complementos de monstruos, espíritus o cadáveres entren ante unos atónitos infantes que han sido obligados a presenciar tan bochornoso espectáculo durante ese día y toda la semana. Hablamos de 10 o 15 días en los que las clases están llenas de símbolos de muerte y oscuridad. Desde las 9 a las 13 horas, es un bombardeo constante de imágenes que, repito, no son inocuas, son muy peligrosas. El alumnado normaliza en lo más profundo de su psique la sangre y el dolor, reduciendo a la nada conceptos que son absolutos.
Además, el sistema escolar está condenando al ostracismo a las familias y a los niños/as que no quieren participar de esta demencia. Es lo que más rabia me da. ¿Cómo es posible que estemos provocando la marginación del niño (y familia) que quiere luchar por el bien, buscar la paz y seguirla u honrar sus raíces como buenamente lo han hecho sus mayores? El mundo al revés, una locura de la que son participes desde profesores con gran reputación y muchos premios hasta el mismo colegio de fundación o tradición cristiana. Un terrorífico sinsentido.
Escrutopo estará orgulloso del trabajo que Orugario ha conseguido realizar en esta España que, lejos de afirmarse en buenos valores, está perdiendo lo más edificante de su esencia para importar el penoso estímulo que unos piratas le han hecho engullir como a un pato cebado. Si la intención es dar miedo, lo han conseguido, este escenario me tiene aterrorizado.



