Entre los vestigios de la memoria y la metralla, donde el aliento salobre del Atlántico azota el esqueleto herrumbroso de los búnkeres nazis, se ubica un pedacito de Inglaterra llamado Guernsey, donde llegó a ondear la esvástica. Era 1941, noche crepuscular, cuando un grupo de vecinos y vecinas inventó una sociedad literaria para argüir por qué se habían saltado el toque de queda, en lugar de admitir que habían quedado para comerse un asado. Y así, lo que nació como una mentira para sobrevivir a la detención acabó empujándolos a leer de verdad. Entre pasteles de piel de patata y libros de Charles Lamb, aquellos hombres y mujeres hallaron un refugio moral frente al horror.
Hoy, sentados frente al televisor o haciendo scroll infinito, buscamos refugio de la moral. La guerra se ha convertido en una sucesión de clips virales. Hemos perdido el instinto de protección de lo humano: libramos batallas en el terreno discursivo, mientras la gente muere en terreno militar. Tiran bombas en un hospital y, antes de que el humo se disipe para dejar contar los muertos, hay hilos de opinión a favor o en contra. La verdad a menudo se convierte en la primera baja de los conflictos. Y, si al final se consigue saber qué pasó, habrán corrido tantos ríos de tinta (y de sangre) que ya dará igual.
El periodismo actual, devorado por la premura, exige a los enviados especiales conexiones cada hora, impidiéndoles contrastar fuentes o, simplemente, pararse a pensar. Echo de menos leer crónicas como las de Alfonso Armada en el Sarajevo sitiado del 92 (habiendo tenido el placer de entrevistar después a su fotógrafo, Gervasio Sánchez) y descubrir que su bolígrafo era su único escudo. A través de aquel trazo pausado y consciente, relataba cómo la gente seguía enamorándose o yendo al teatro bajo las bombas, buscando historias de interés humano que nos recordaban que aún seguían vivos.
Nos hemos convertido en simples «curiosos» en lugar de en seres humanos comprometidos. Observamos las guerras como contenidos efímeros que se olvidan cuando empiezan los deportes, preocupándonos más por el precio de la gasolina que por los desplazados. Resulta insoportable la facilidad con la que aceptamos la muerte de niños como un mero «daño colateral» y distinguimos entre muertos de primera y de segunda.
Necesitamos recuperar el tiempo como herramienta fundamental del pensamiento. Rechazar la dictadura de la inmediatez que nos hace cómplices de la mentira. Parar. Leer prensa de calidad, algún ensayo bélico quizá (La guerra buena de Terkel; Amo a Rusia, de Kostyuchenko o Ser judío después de Gaza, de Beinart son buenas opciones), y parar de nuevo para pensar, contrastar y comprender. Volver, en esencia, a aquella pequeña sociedad de Guernsey, donde leer era, sencillamente, una forma de resistir.
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