28/11/2020

Periódico digital de Almansa

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«Filosofía o intransigencia», por Bernabé Ortuño

Que los jóvenes recuperen un sentido de identidad y autodeterminación y estén sensibilizados con los grandes problemas de nuestro tiempo
Bernabe Ortuño Almansa
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El griego Epicuro de Samos, en la Carta a Meneceo, nos decía: «Que nadie, por joven, tarde en filosofar, ni, por viejo, de filosofar se canse. Pues para nadie es demasiado pronto ni demasiado tarde en lo que atañe a la salud del alma». Y con esto el filósofo señalaba la importancia de filosofar en todo momento de la existencia humana, casi como si esta fuese la auténtica forma de darnos cuidados en el plano introspectivo. Esa importancia radica en preguntarnos siempre los porqués, desde el amanecer de nuestra vida hasta el ocaso. Si algo distingue a nuestra especie de las demás es la capacidad que tenemos de pensar, enarbolar pensamientos y almacenarlos, o comprender y entender la causa y el efecto de los fenómenos que ocurren tanto fuera como dentro de nuestro organismo.

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En cuanto atañe a la salud del alma de la que hablaba nuestro entrañable Epicuro hace más de dos mil años, la constancia es un aspecto esencial. Y es algo que se hace relativamente más factible hoy, en días en los que la medicina ha alcanzado niveles que aseguran en mayor grado la salud del cuerpo y podemos permitirnos dedicar más tiempo al cultivo de nuestras ideas.

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Y precisamente en estos tiempos víricos que ahora nos toca vivir, el hecho de filosofar se transforma en un acto que asegura empatía y el altruismo, la contemplación de los tópicos desde diferentes perspectivas distintas a la propia y la criba sobre lo que estamos leyendo o viendo en televisión y la capacidad crítica para valorar o simplemente tomar consciencia de nuestra ignorancia.

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Se sigue exigiendo una justificación para impartir filosofía en las aulas

Sin embargo, a la filosofía como materia educativa se le sigue exigiendo una justificación teórica fundamentada por las mejores academias del continente y por el último estudio de Estados Unidos sobre el hecho de que sea una asignatura válida para la educación pública de nuestro país.


 
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En un momento que reúne incertidumbre en tantos frentes de la sociedad humana, proporcionar herramientas a los jóvenes para que sean capaces, por sí mismos, de reflexionar críticamente sobre el mundo en contextos de constante cambio es una tarea que se antoja imprescindible en una educación que ha de estar orientada hacia el futuro. Que los jóvenes recuperen un sentido de identidad y autodeterminación y estén sensibilizados con los grandes problemas de nuestro tiempo, las estructuras de poder opresivas o la situación sociocultural de su generación en la actualidad, es el componente que hace que una sociedad esté más preparada, desde la base, para un presente cada día más difuso.

Nuestras aulas necesitan más que nunca aire fresco, demandan un alumnado fuerte. Un alumnado comprometido con la tarea social, implicado con el medio ambiente y la lucha contra el cambio climático, lo suficientemente formado para luchar contra las injusticias del paradigma en que vivimos, lo suficientemente capaz de organizar sus ideas y gestionar sus acciones con la responsabilidad que merece la situación.

La tarea de la filosofía simplemente es limitarse a mantener sus brazos abiertos. Nada pretende de quien se aventura en ella, ya que quizá la única exigencia que propone es la de mostrar la voluntad de dejarse llevar al tiempo que uno se adentra en su seno. Fuera de ella anidan la indiferencia, la apatía, la falta de respeto, los machismos, las xenofobias, los fascismos y las peores quimeras de quienes homogeneizan, alimentadas, consumidas y enterradas por la intransigencia.

La filosofía ha de ser para la gente, accesible, fácil para quien se sumerja en sus entrañas, explicable para los ancianos que no pudieron abrir un libro. Y transmitirla así es la tarea del profesorado. Amar la sabiduría no es leer grandes volúmenes y tener densos pensamientos, sino poseer cada día el ansia de descubrir aquello que desconocemos.

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