Lo que comenzó como el eje de su programación de oposiciones se convirtió en su talismán más preciado y poderoso. «El nido de Pippi» nació primero como blog y voló después a las redes sociales, donde acumula más de 8.000 seguidores. El nombre evoca a la heroína que nació de la pluma de Astrid Lindgren: esa niña de nueve años, de trenzas pelirrojas e imposibles, rostro lleno de pecas, rebelde, libre y decididamente independiente.; un espíritu que Elena Gozálvez Landete (Teresa de Cofrentes, 1983) lleva directo a las aulas de Infantil del CEIP José Lloret de Almansa.
«La lectura del libro me descubrió una parte muy diferente. Me fascinaron los valores que transmite y descubrir el porqué de un personaje que fue uno de los primeros referentes femeninos de nuestra infancia. A partir de ahí, Pippi transmite sus valores en mis clases».
Aunque las buenas notas y las presiones externas la empujaron primero a estudiar Periodismo, su intuición la llevó a cambiar a Magisterio y, afortunadamente para la enseñanza, descubrió su vocación oculta. Tras más de veinte años de carrera, Elena enciende cada mañana las luces de su clase, donde nació «Mochileros por un Mundo Mejor», un proyecto que ha ganado los premios de educación de España más importantes, como el del Ministerio de Educación, el galardón Mentes AMI de Atresmedia o la reciente Mención de Honor en los National Teacher Prizes.
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Con la misma ilusión con la que mostró Almansa a toda España en el programa «Caravana Educativa» de RTVE, Elena abre las puertas de su clase a las familias y a la comunidad educativa. Conversamos con ella sobre el miedo a innovar, sus premios de educación, la mención de Honor en los National Teacher Prizes, el uso de las pantallas en las aulas y el regalo de su profesión que no cabe en ninguna vitrina: el recuerdo de sus alumnos y alumnas.
Ministerio de Educación, premios Mentes AMI y ahora una mención de honor en los National Teacher Prizes España, además de muchos otros. ¿Qué se siente al recibir este volumen de galardones a nivel nacional?
Pues la verdad es que da mucha emoción y es un impulso para seguir con esta forma de trabajar, porque esta metodología conlleva muchísimas horas de trabajo extra en casa que nadie se puede imaginar. A mí me gustan los reconocimientos que valoran un trabajo en concreto que presentas, un proyecto real con una rúbrica de evaluación clara donde sabes qué te van a evaluar. Hay otros premios muy conocidos donde se valoran cosas ajenas al trabajo de aula y que parecen más bien un concurso de acumulación de méritos de oposiciones. Que en estos certámenes haya un jurado experto del mundo de la educación que valore tu experiencia de aula es lo que de verdad resulta relevante. Además, cuando doy formaciones o comparto mis proyectos, me llena saber que mi trabajo puede servir de inspiración, del mismo modo que a mí me inspira el de otros compañeros.
Eres maestra de Educación Infantil, pero no empezaste directamente en magisterio. ¿En qué momento descubriste que tu lugar estaba dentro de un aula con los más pequeños?
Pues la verdad es que tardé un poquito. No fue algo de vocación de toda la vida, sino que apareció con el tiempo. Yo comencé mis estudios en la carrera de Periodismo porque sentía cierta presión exterior. Tenía muy buenas notas y parecía que magisterio «no correspondía» a esas calificaciones; ese era el consejo que recibía en mi entorno y en el departamento de orientación de mi centro de estudios. Estaba indecisa entre Periodismo y Comunicación Audiovisual y decidí probar, pero enseguida me di cuenta de que no era mi sitio. No me sentía en mi lugar y comprendí que lo que realmente quería hacer era Magisterio. Una vez dentro de la carrera, descubrí que mi verdadera pasión eran los niños pequeños.

En el ámbito educativo todo el mundo te conoce por El nido de Pippi. ¿De dónde surge este nombre?, ¿tiene algo que ver con Pipi Calzaslargas?
Surgió durante mi etapa en la universidad. Una profesora de literatura nos obligó a leer el libro de Pipi Calzaslargas. Yo solo conocía al personaje por la serie de televisión, pero la lectura del libro me descubrió una parte muy diferente. Me fascinaron los valores que transmite y descubrir el porqué de un personaje que fue uno de los primeros referentes femeninos de nuestra infancia. A partir de ahí, Pipi se convirtió en mi talismán.
Lo utilicé en un trabajo de la carrera, después sirvió como hilo conductor de toda mi programación para las oposiciones de magisterio -donde me dio mucha suerte y obtuve una gran nota- y, finalmente, cuando empecé a trabajar y a aplicar nuevas metodologías en el aula, decidí crear un blog llamado El nido de Pippi. El blog dio paso a las redes sociales, pero el personaje sigue a mi lado y transmite sus valores en mis clases.
Uno de tus proyectos más célebres es «Mochileros por un Mundo Mejor». ¿Cómo nació esta iniciativa y qué objetivos persigue?
«Mochileros por un Mundo Mejor» es una experiencia educativa muy larga que duró dos cursos escolares. Yo digo que es la máxima expresión de mi visión educativa, porque ahí fusiono las metodologías que a mí más me gustan: la gamificación, el aprendizaje basado en proyectos y el trabajo en el aula del futuro. El proyecto empezó con una fase llamada «Mochileros por España» y continuó con una vuelta al mundo en la que diferentes personajes de ficción pedían auxilio mediante misiones a los niños y niñas para conseguir un mundo mejor, de manera que se abordaran los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y la igualdad. El aprendizaje llevó a salir del colegio mediante investigaciones y talleres intergeneracionales fuera del aula.

Tus proyectos implican también a la comunidad educativa y a las familias. ¿Cómo consigues esa respuesta por parte de los demás?
Me enorgullece mucho poder decir que las familias se implican una barbaridad en todo lo que propongo. Abrir las puertas del aula es fundamental. Hemos realizado talleres intergeneracionales con residencias de mayores, colaboraciones con Asprona en campañas solidarias y cuando los niños ven que su trabajo traspasa las paredes de la escuela y que sus propios familiares participan, perciben que lo que hacen es realmente importante y valioso para los demás.
Dentro de esa implicación social, prestas una atención especial a la perspectiva de género. ¿Cómo se trabaja la igualdad con niños de infantil?
Para mí es algo que llevo muy dentro. En el colegio José Lloret preparé, con ayuda de otros docentes, el proyecto «Alianza STEAM Mujeres en pie de ciencia», una gamificación a nivel de centro que fue reconocida con varios premios de igualdad. Dentro de la experiencia de mochileros sigo con mi labor bajo esa perspectiva. Lo que hago, sobre todo al partir de edades tan tempranas, es dar referentes femeninos a los niños y niñas en diferentes disciplinas, ya sean científicas, artistas o de otro tipo. Son referentes que yo de pequeña nunca tuve en el colegio; a mí nunca me hablaron de esas mujeres y me parece fundamental darles visibilidad desde la infancia para que, al igual que tienen referentes masculinos, tengan esos referentes femeninos en cada proyecto que realizamos.

El proyecto «Mochileros» recibió un premio especial por su uso de las tecnologías. ¿Cómo se introduce la competencia digital a edades tan tempranas?
El proyecto recibió ese reconocimiento precisamente por cómo introduce la competencia digital en infantil, que además es obligatoria por ley. Mi propósito es trabajarla con sentido y en equilibrio con el resto de destrezas. Defiendo que los niños deben utilizar la tecnología para crear y no para consumir.
Como docente, ¿Cómo valoras la transición de los libros a los móviles y tablets que se está viviendo en las aulas?
El cambio de libros por pantallas se nota más en primaria o secundaria. Hace unos años hubo una época en la que muchos centros querían dar ese paso de quitar libros por pantallas, pero, para mí, planteado de esa forma es un error. Eso no es trabajar adecuadamente la tecnología o la competencia digital. Los libros son un recurso y cualquier material nos lo tenemos que plantear así, como un recurso que nos ayude, ya sean libros, tablets o cualquier otra tecnología. Cambiar uno por otro no es una solución porque los libros tienen su parte positiva y la tecnología, si se trabaja de forma correcta, también.
Lo vemos en la calle, en el supermercado o en un restaurante cuando sales a cenar y ves a los niños con la pantalla todo el rato. Creo que es algo que hay que trabajar más desde casa y como sociedad. En los colegios somos cada vez más conscientes de la importancia de enseñarles a utilizar la tecnología con sentido, de una forma crítica y responsable.
Tu faceta personal como familia de acogida de niños saharauis también ha influido en tu labor. ¿Cómo marcó esa experiencia tu forma de ver el mundo y el aula?
Es una experiencia que te cambia la vida y la visión del mundo por completo. Fuimos familia de acogida durante nueve veranos y he viajado en varias ocasiones a campamentos de refugiados en el desierto. Ver cómo sobreviven en condiciones extremas y sentir la tremenda acogida que te brindan es impactante. Esa realidad me acompaña siempre y la llevo a mis proyectos educativos. En el colegio tengo fotos colgadas de experiencias y cuando los niños preguntan les explico de primera mano cómo se vive en una jaima. Creo que es muy enriquecedor para ellos conocer otras realidades de boca de quien las ha vivido en primera persona.

También has llevado la marca de Almansa a la televisión nacional con el programa «Caravana Educativa» de RTVE. ¿Cómo viviste aquella grabación en el Castillo?
Fue una experiencia muy bonita pero muy intensa, porque todo se gestionó muy rápido. Desde el momento en que me lo propusieron yo no daba crédito, porque me lo contaron en Navidad y grabamos a final de enero o principios de febrero, así que hubo que prepararlo todo a contrarreloj. Tuve que diseñar los talleres y coordinarme con las familias a la vuelta de las vacaciones. Fue una experiencia inolvidable y con muchísimas cosas positivas. El apoyo y la implicación de la gente de Almansa fue brutal. Participaron las familias, abuelos, abuelas e incluso recreadores de la Asociación 1707 Almansa Histórica. Que haya quedado grabado ese pequeño reflejo de lo que haces es algo muy bonito.
Recibiste un emotivo homenaje en Almansa por el 8M en el acto de Mujeres en Igualdad. ¿Qué supuso para ti este reconocimiento?
Todos los premios y reconocimientos son muy importantes. El del Ministerio de Educación, por ejemplo, para mí es lo más. Pero, realmente, el acto más emotivo y más bonito de mi vida fue ese del 8M. Fue muy especial porque estás rodeada de un montón de gente que te quiere, que te aprecia y, además, es en tu casa. Que te reconozcan de esa forma tan bonita tu trayectoria y con tanto cariño donde vivo hace tantísimos años, es algo sumamente emotivo.
Dices que en tus formaciones te preguntan cómo consigues que «te dejen» trabajar así. ¿Qué consejo le darías a aquel o aquella docente que entra por primera vez a un aula y se topa con el miedo a innovar o con la resistencia de otros compañeros?
Me sorprende y me da mucha pena cuando la gente joven se me acerca con ese temor y me pregunta: «¿Pero cómo haces para que te dejen hacer esto?». Yo siempre les respondo lo mismo: «¿Cómo que te dejen? Es que no pueden no dejarte». Se supone que tenemos libertad de cátedra. Es cierto que a veces es difícil trabajar en equipo si no remamos todos en la misma dirección, o si te encuentras con compañeros que prefieren dinámicas más tradicionales. Yo llevo muchos años en esto y ya tengo una base que me permite obviar las críticas, pero entiendo que al principio cuesta enfrentarse a ciertas situaciones.
Mi consejo es que sean ellos mismos, que dejen atrás el miedo de innovar en las aulas y que trabajen de la forma que crean que es mejor para sus alumnos. Hay que pensar siempre en los niños y en las niñas, que son lo más importante que tenemos. A veces requiere un esfuerzo extra y enfrentarse a alguna resistencia, pero merece la pena por completo porque el resultado real y la recompensa la vas a ver directamente en tu alumnado.

Con el nuevo curso escolar tienes nuevos niños y niñas en las aulas. ¿Qué proyectos tienes entre manos?
El proyecto de «Mochileros por un Mundo Mejor» lo realicé con mi anterior promoción cuando tenían cuatro y cinco años. Este curso pasado volví a coger a los niños de tres años y ahora mi idea es repetir la experiencia. Cuando una propuesta te ha funcionado tan bien, lo lógico es volver a adaptarla. Tengo la ventaja de tener todo el material hecho, pero exactamente igual no va a ser, porque siempre tiene que haber algo nuevo o diferente. Hay que adaptar las cosas a sus gustos y a lo que les llama más la atención.
¿Cuál es el verdadero premio diario que te da tu profesión?
El mayor premio es que un alumno te recuerde con cariño tantos años después. Hace muy poquito lo compartí en mis redes sociales porque me llevé una sorpresa enorme. Me escribió un alumno que ahora tiene 16 años y con el que había perdido el contacto. Justo el día de su graduación en cuarto de la ESO, me mandó una foto de la graduación que hicimos en infantil cuando terminó los cinco años conmigo. Me dedicó unas palabras super bonitas y me dijo que se acordaba perfectamente de que a él no le gustaba el arte y yo le enseñé Los Girasoles de Van Gogh. Luego me escribió su madre. Que te recuerden con ese cariño, que te digan que les cambiaste la vida para bien, es, sin duda, el mayor regalo que puedo tener.








