08/12/2022

El periódico digital de Almansa

Nadie tiene la culpa

Es la primera vez que sufrimos un desastre de esta envergadura y no conseguimos encontrar responsables. Lo intentamos: que si fue nuestro maltrato a la naturaleza, que si el descuido de ciertos Gobiernos, que si los chavales, las residencias, los recortes en Sanidad… pero ninguna idea prende
Nadie tiene la culpa editorial la tinta covid almansa

Los hospitales se están llenando de nuevo por culpa de los jóvenes. Piénselo. Aún no tienen consciencia, hacen pellas en el recreo y organizan macrofiestas. Como la de aquella residencia de lujo en Valencia, organizada a golpe de VISA, con el dinero de papá. Piénselo de nuevo. ¿Los hospitales se están llenando de nuevo por la irresponsabilidad de nuestros jóvenes? ¿A qué edad dejamos de tener la culpa?

Voy a hablarles de Martina, que estudia en un instituto de aquí, de Almansa. El otro día se saltó la clase de mates para sentarse con dos amigas en un banco del parque. El hermano de una de ellas acude a la universidad, en Valencia. Se llama Víctor y éste le ha contado que allí van al centro educativo en autobuses, «muy apretujados»; que en las aceras no se cumple la distancia de seguridad porque son estrechísimas y que «encima nos echan la culpa de todo, cuando en los bares nadie lleva mascarilla».

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Tras charlar con sus compañeras, Martina acude a casa. Su madre, Loli, le pide que le acompañe a comprar al supermercado. Al entrar por la puerta, a una de ellas (da igual a cuál) se le olvida echarse gel hidroalcohólico en las manos porque va hablando por teléfono. La cajera no se percata porque trabaja de sol a sol y, de aquí a hace unos días, han aumentado los clientes. Por lo que se pueda venir, la gente ha empezado a comprar papel higiénico, soluciones desinfectantes y las uvas de Nochevieja, porque si esperas, se ponen muy caras.

Loli se encuentra con María José en la sección de frutería. Se conocen porque acuden juntas a yoga. Marijose es la que se lleva la esterilla de casa porque prefiere «desinfectarla» ella. Se tocan el brazo para saludarse, hablan, ríen, se acercan y elevan un poco la voz porque «con las dichosas mascarillas no se nos escucha bien». Por eso, Marijose prefiere quedar con el resto de madres y padres tras dejar a su niño en el cole. Suelen reunirse al menos dos o tres días a la semana para tomar café por las mañanas y, así, aprovechan para quitarse el «bozal» y ponerse al día. En ocasiones se quejan de los jóvenes que hacen fiestas en los garitos: «Pagamos justos por pecadores».

Una de las mujeres del grupo, Maruja, confecciona y vende mascarillas de tela. También trabaja limpiando en casa de un vecino. Cuidar de Miguel es, de hecho, el principal medio que tiene para sacar a sus hijos adelante. Miguel, que vive en el piso de arriba, tiene 82 años y enviudó hace unos meses. Por eso, Maruja le limpia y cocina todas las semanas.

El pobre, como es un anciano, lleva la mascarilla por debajo de la nariz porque dice que, si no, tiene problemas para respirar. Tiene, así mismo, la manía de no abrir nunca las ventanas de su hogar, porque se acerca el invierno; tiene miedo de coger frío y «quedarse en el sitio». Maruja lo consiente. A final de mes, él es quien le paga.

Entre tanto, Pedro, el marido de Maruja, trabaja en una fábrica del Polígono junto a una veintena de peones. No han parado desde abril, ni siquiera durante el confinamiento. Cuando salen del curro, ya por la tarde, suelen acercarse a una terraza a refrescarse el gaznate y disfrutar de una cerveza, antes del toque de queda. Allí charlan durante un buen rato. Uno saca una foto y presume de ayudar al comercio local cuando la cuelga en sus redes sociales. Alguno se fuma un cigarrillo, medio a escondidas y a menos de cinco metros. Martina, que pasea por la calle con sus amigas, huele el humo y les ve sentados. «¡Y luego dicen de los jóvenes!», se queja.

Es la primera vez que sufrimos un desastre de esta envergadura y no conseguimos encontrar responsables. Lo intentamos: que si fue nuestro maltrato a la naturaleza, que si el descuido de ciertos Gobiernos, que si los chavales, que si las terrazas, que si las residencias, que si los recortes en Sanidad, pero ninguna idea prende: les falta razón, les falta sustancia. Y mientras, los casos en Almansa se incrementan un 40% en cinco días.

Y mientras, Miguel, el viudo, ha ingresado en el Hospital General de Almansa. Comparte planta con otros tres positivos por COVID-19. Quizá muera en unos días. Quizá no. Nadie tiene la culpa.

(Todos los casos y los nombres que aparecen en este editorial son ficticios, pero podrían no serlo).


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